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Pasajera nocturna, volver a casa

Te das cuenta de lo que es el verdadero miedo cuando ha caído la noche y te toca caminar por las calles oscuras y casi vacías, consciente de que siendo mujer es muy probable que ni siquiera logres llegar a tu hogar a salvo; si caminar sola por las calles de día ya es un reto, por las noches parece que estás en una carrera para sobrevivir.

Resulta que vivo lejos de mi universidad como muchas otras alumnas, y que cuando las clases lo requieren nuestro horario de salida suele complicar el trayecto a nuestras casas. A las seis de la tarde aún hay un poco de luz natural, a las seis y media estoy ansiosa porque la maestra termine rápido su presentación y no me tenga que ir tan tarde, y a las siete cuando las luces se apagan y cerramos la puerta del salón, solo queda armarse de valor y emprender el camino hacia mi hogar.

En la parada solo puedo mirar de un lado al otro mientras espero que llegue mi camión, me pongo mis audífonos, pero no le subo al volumen porque tengo que estar atenta a lo que sucede a mi alrededor, y me aferro fuertemente a mi celular como si este fuera a protegerme de cualquier peligro, al mismo tiempo que me repito mentalmente que las llaves están en la bolsa de enfrente de mi mochila para acceder a ellas fácilmente en caso de una emergencia.

Mientras veo con sospecha cómo pasan los carros y me reporto por mensajes con mis padres, me pregunto si todas las personas se cuestionan cada vez que toman el transporte público en la noche, si ese será el día en que alguien pueda silenciarlos para siempre, o si somos las mujeres las que no podemos parar de mirar cada esquina con el creciente pánico de ser una más de las víctimas de abuso y feminicidio.

Al subir al camión lo primero que hago es observar bien a los pasajeros y tratar de ver si alguno me parece peligroso, ya solo es un mecanismo de defensa, pues al viajar de noche o aprender a cuidarte o te atienes a las consecuencias. Como mujer se te exige prepararte para defenderte a ti misma, lo triste es que a nadie le importa por qué tenemos que hacerlo en primer lugar.

Al hacer escala, elijo un taxi para llegar más rápido a mi casa, pero eso implica que habrá menos personas a mi alrededor y que tendré que prestar más atención a la ruta que sigue el taxista y que este no se desvíe del camino.

Las preguntas no tardan en llegar: ¿viajas sola?, ¿vienes de la universidad?, ¿alguien te está esperando en tu casa?, ¿cuántos años tienes?, ¿por dónde vives? … ¿Por qué pareces tan nerviosa?; tal vez solo es la ansiedad lo que hace que las preguntas suenen inquietantes, pero aun así envío mi ubicación a algunos amigos y sigo intentando ser amable con el taxista, no vaya a ser que se enoje y me deje varada en la carretera.

Ya solo falta una pequeña caminata hacia mi casa, apresuro el paso intentando que no parezca que corro, y resisto el impulso de mirar hacia atrás a cada segundo. Cuando por fin llego a mi hogar, saco rápidamente mis llaves y abro la puerta con un suspiro. Al entrar aliviada puedo anunciar a mis padres “llegué a salvo”.

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