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10 de junio de 1971: debut y despedida de una siniestra fórmula represiva


La intención de fondo que buscaba Luis Echeverría Álvarez el 10 de junio de 1971 fracasó por la sorprendente irrupción de actores inesperados: los reporteros, camarógrafos, corresponsales extranjeros y periodistas que cubrieron la manifestación reprimida.

El presidente Echeverría tenía muy presentes las imágenes y noticias que circularon por todo el mundo en 1968 que destacaban las persecuciones sangrientas de policías y soldados contra estudiantes y ciudadanos inermes. Iniciaba su sexenio y no quería pasar a la historia como un gorila asesino, como le ocurrió a Gustavo Díaz Ordaz, su antecesor. Pero no podía tampoco permitir que la disidencia y los movimientos independientes crecieran; tolerarlos sería tomado como síntoma de debilidad, algo inaceptable en un sistema presidencialista, de partido único (los demás eran organismos paraestatales), asentado en el corporativismo y control de las organizaciones de masas.

Ideó entonces una fórmula que le permitiría aplastar la inconformidad y la protesta y salir indemne, con las manos limpias. La llamó Halcones. Esto es, un cuerpo paramilitar, de choque, perfectamente adiestrado y pertrechado que hiciera todo el trabajo sucio que fuera necesario, sin que su gobierno, policías y soldados aparecieran involucrados.

Dio autorización para que un grupo de oficiales del Ejército mexicano con permiso, costeados por dependencias del Departamento del Distrito Federal y bajo el mando del coronel Manuel Díaz Escobar preparasen a jóvenes desempleados, ex policías y ex soldados en técnicas de “control de multitudes”, artes marciales y manejo de armas, encuadrados en esquemas militares. Sin uniformes, sin registro oficial, sin oficinas o domicilio determinado, pretendía hacerlos aparecer como un grupo o grupos de jóvenes que rivalizaban con otros dentro del movimiento estudiantil, de la insurgencia sindical o del emergente movimiento urbano-popular, según fuera el caso. Por su parte, las autoridades no sabrían nada de ellos, de su origen y financiamiento, e invariablemente negarían toda responsabilidad en su creación, preparación y conducción. Caerían dos pájaros con un solo disparo: los inconformes recibirían su escarmiento y el gobierno, sin responsabilidad visible alguna y las manos limpias, entraría a restablecer la calma y brindar justicia.

Sin embargo, el 10 de junio de 1971, fue el debut y despedida de ese maquiavélico plan. Los Halcones se precipitaron sobre la marcha, la primera que salía a las calles de la capital después del 2 de octubre de 1968, armados con Kendos y cadenas, gritando “¡Viva el Che Guevara!” para confundir y dar elementos para que posteriormente los funcionarios insistieran en que “fue un pleito entre los mismos manifestantes”, pero encontraron una inesperada respuesta de los estudiantes, quienes los rechazaron con piedras y palos dos veces. Enardecidos e incontrolados por la inaudita y a la vez, para ellos, humillante firmeza de los jóvenes manifestantes, apuntalaron la tercera carga con carabinas M-1 y pistolas. De inmediato, al caer los primeros heridos de bala, cesó toda resistencia y cundió el pánico y el desorden entre la gente, que buscaba refugio desesperadamente en casas, negocios, vecindades aledañas y en la Escuela Normal de Maestros. Pero los Halcones continuaron la cacería arremetiendo contra todos y contra todo, incluyendo a corresponsales extranjeros, fotógrafos, redactores, reporteros y periodistas nacionales que cubrían la marcha; golpearon a unos, destruyeron cámaras y grabaciones de otros, detuvieron a los que parecieron sospechosos, fuera de si humillaron a todos. Fue el detonador del fracaso del oculto operativo oficial.

Esa misma noche, Alfonso Martínez Domínguez, regente de la ciudad de México, al presentar la primera versión oficial de los hechos: “Tenemos informes de que hubo riñas entre ellos y de que estos grupos iban armados… No existen los halcones, esta es una leyenda”, se topó con un airado reclamo de los representantes de los medios informativos, muchos de los cuales toda su vida habían avalado, justificado y callado en favor del gobierno. Las palabras del regente cayeron como gasolina al fuego, los encendieron aún más. Al día siguiente, sorpresivamente abordaron directamente al presidente de la República en Palacio Nacional, como nunca antes lo habían hecho. “La existencia de este grupo fascistoide –le dijeron-, que no puede ser producto de una generación espontánea, es real. No se nos puede engañar, señor Presiden-te. Sabemos que es un grupo perfectamente organizado, perfectamente adiestrado en el manejo de armas, perfectamente consolidado, como usted lo verá en las fotografías”. Además, “Los Halcones son un grupo de jóvenes bien dotados físicamente que reciben entrenamiento en el manejo de armas.” Tuvo Echeverría que modificar la inicial versión oficial y ordenar en ese momento al Procurador General de la República, una investigación “lo más pronto posible y a fondo” para dar con los responsables. “Si ustedes están indignados, yo lo estoy más”, comentó al ver las fotografías que le entregaron reporteros y periodistas.

El asunto había tomado un giro inesperado. Se les había salido de las manos. Las crónicas, las fotografías y los reportajes compro-metían y alimentaban la irritación general. Aun así, hubo otras torpezas oficiales que escandalizaron más a la opinión pública. El coronel Ángel Rodríguez García, jefe de las fuerzas policiales presentes el 10 de junio, siguiendo estrictamente las instrucciones que recibió, sin medir o meditar las consecuencias de sus palabras en el ambiente que se había creado tras los sucesos represivos, el día 13 dijo a los periodistas que no intervino porque tenía instrucciones precisas de permanecer a la expectativa a pesar de que “había visto a un individuo de camisa blanca y pantalón negro disparar sobre un manifestante que cayó muerto, pero no intervino porque esa era la consigna”. Sus palabras encendieron los ánimos, muy caldeados a esas alturas.

The Washington Post publicó: “Cientos de policías estaban en la zona pero no hicieron nada para detener a los atacantes, cuyas armas iban de varas de bambú a rifles y subametralladoras”. The Time apuntó: “Durante todo el incidente la policía no dio un solo paso para intervenir”. The New York Times dijo: “Hay evidencias de colaboración entre la policía municipal y la fuerza derechista de los halcones, a la cual se le permitió cruzar los cordones policiales para atacar a los estudiantes izquierdistas… los halcones conferenciaron con la policía antes de comenzar a disparar contra los manifestantes”.  En México, los titulares de primera plana de los diarios del día siguiente, señalaron: “Marcha Estudiantil Frenada por Grupos de Choque; 6 Muertos” (Excélsior); Consternación por los Trágicos Sucesos de Ayer” (El Día); Trágico Saldo de la Manifestación Estudiantil en el DF” (El Heraldo de México); “Batalla Campal en Amplia Zona Urbana al Disolver la Manifestación Estudiantil (El Universal). Era necesaria una nueva versión oficial que atendiese la gravedad   que significaba ya el problema para el gobierno, en particular para Echeverría Álvarez.  

Y el día 15 la presentó al tomar la palabra en una concentración oficial organizada para “apoyar el programa, principios y política del licenciado Luis Echeverría Álvarez”, o sea a él mismo, tras repudiar “la provocación y los métodos represivos” dijo, “Cerremos el camino a los emisarios del pasado”. Y esa misma tarde, le pidió la renuncia a Alfonso Martínez Domínguez y al jefe de la policía capitalina, Rogelio Flores Cu-riel, quienes quedaron señalados en la memoria colectiva como “los emisarios del pasado” que intentaron “frenar la obra progresista del presidente Echeverría”.

Tras bambalinas, ordenó la disolución de los halcones, quienes recibieron su última paga y una compensación adicional. Fue muy grande la contribución de la rebelión de periodistas reporteros y fotógrafos contra los abusos represivos de los halcones y de la complicidad policiaca que disfrutaron en el desmoronamiento del maquiavélico e ilegal proyecto de represivo de Echeverría.

Después del 10 de junio de 1971, ningún gobierno se atrevió a disolver violentamente alguna concentración o manifestación de masas en la ciudad de México. Si acaso, José López Portillo intentó infructuosamente durante su gestión amedrentar a los manifestantes con sirenas de patrullas a todo volumen y la exhibición de vehículos antimotines recién adquiridos. Pero no se atrevió a apalear y encarcelar a inconformes reunidos en lugar público, ni a ordenar a policías, soldados o paramilitares disparar sobre la multitud.

*  Historiador por la BUAP. Preso político de 1967 a 1973. Ex militante del PCM y partícipe en el FSLN. Autor del libro “10 de junio ¡No se olvi-da!”.

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