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«Es por la gente que viene de fuera»

Miles de personas han llegado a vivir a Querétaro provenientes de otras partes del país. La fuerte migración interna, que llevó a Conapo a clasificar a nuestra entidad de «atracción media» a «atracción elevada», alcanzó un saldo neto migratorio de 475 mil 248 personas en el año 2020. En otras palabras, recibimos más personas de las que expulsamos. Esto ha conllevado una diversidad de efectos tanto positivos como negativos; entre los más positivos resalta la gran diversidad cultural de la que hoy gozamos.

No es necesario hacer una lista con los efectos negativos, pues algunos medios de comunicación e instituciones se han encargado de decirnos, día con día, que las cosas malas que pasan en Querétaro se deben a los llamados «foráneos». Sin duda, hay algunos elementos estructurales de la ciudad que favorecen el desarrollo de conductas antisociales y delictivas, pues estando ubicada geográficamente en el centro del país y ser, a la vez, cruce de caminos, la convierte en una zona a la que es fácil entrar y de la que es relativamente sencillo salir, pero no sólo para los delincuentes, sino para todos.

El dato de la geografía es hermosísimo porque es imposible que lo cambiemos: siempre vamos a estar en el centro, siempre seremos cruce de caminos, la atracción migratoria seguirá siendo elevada y siempre habrá delincuencia (aunque algunos actores políticos nos quieran vender la idea de que eso es posible de eliminar). No hay duda, tampoco, de que existen muchos casos de personas que vienen a Querétaro de otras partes de la república a cometer actos delictivos —de hecho, esto ha pasado desde hace cientos de años—, pero ¿eso es suficiente para señalar a los foráneos como eternos responsables de «todo lo malo»?

Y es que hace unos meses levantamos una encuesta a casi 400 personas en una colonia popular cuyo objetivo fue saber cuál es la percepción de amenaza que tienen los queretanos nativos frente a los migrantes. Más de 70 por ciento de la muestra responsabiliza a los foráneos de la delincuencia y del incremento en el consumo de drogas, entre otras cosas; es decir, se estigmatiza al migrante nacional. Es probable que este fenómeno sea considerado normal, como algo regular que se presenta en todas las sociedades y es cierto; el problema es, por un lado, que este etiquetamiento es absolutamente inútil; por el otro, que no sólo se trata de estigmatizar: a partir de esta conducta se generan estereotipos que forman prejuicios.

Observamos en nuestro estudio que existía una correlación —ciertamente no tan fuerte, pero ahí estaba— entre la percepción de amenaza y la construcción de estereotipos negativos generadores de prejuicios en contra del migrante nacional; pero no solo eso: los propios migrantes nacionales, pasado un tiempo, reproducen esta conducta estigmatizando a sus pares.

Lo que subyace a todo esto es la cuestión de si ver al otro, al extraño, al migrante, con ese nivel de sospecha llegando al grado de prácticamente asegurar que es el responsable de todo lo malo que pasa en la ciudad, sirve para algo. Porque para sanar el tejido social y promover la paz, no realmente.


Referencia

https://www.inegi.org.mx/app/tabulados/interactivos/?px=Migracion_01&bd=Migracion

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