Una marcha líquida

Salir a marchar no necesariamente significa adentrarnos en un proceso de politización que cuestiona a un sistema que beneficia a unos cuantos, que identifica las distintas opresiones, o que aporta para realizar cambios estructurales.
El cansancio mental y emocional que me genera el día después del 8 de marzo me hace reflexionar año con año por qué hace un tiempo dejé de marchar y tomar las calles por una causa en la que aún milito: la libertad de las mujeres.
Es difícil argumentar desde mi propia experiencia, pero no desde las perspectivas que me da mi trabajo como docente y la experiencia vivida como periodista.
El movimiento feminista, como todos los movimientos, evoluciona y se diversifica constantemente. Quiero adentrarme y hablar de un activismo absorbido por la digitalización, una sociedad líquida (como lo llamaría Bauman) y la banalización de las protestas para el espectáculo de las redes sociales.
Porque hay que decirlo, marchar no necesariamente significa adentrarse en un proceso de politización que cuestione a un sistema que beneficia a unos cuantos, que identifique las distintas opresiones y que contribuya a realizar cambios estructurales.
Voy a situarme en lo vivido en la ciudad de Querétaro, el lugar donde nací.
Es curioso ver como el movimiento feminista permeo en mujeres (principalmente jóvenes) de una ciudad conservadora, que procura mantener el statu quo, y que muy rara vez se toman las calles para manifestar una inconformidad.
Realmente no me sorprende el hartazgo: las mujeres vivimos distintas violencias en nuestros entornos inmediatos y somos capaces de percibir la violencia machista que azota el país, aunque no a todas nos llegue por igual.
Si bien la toma de calles, las pintas y el arte urbano han sido elementos fundamentales en la manifestación de ideas, no podemos caer en un reduccionismo del movimiento, pensando que el feminismo tiene su máxima expresión en la marcha del 8 de marzo.
Necesitamos profundizar más.
Primero, asumir el privilegio de clase desde donde avanzamos, nuestras ventajas sobre otras mujeres, reflexionar nuestro papel en lo individual e involucrarnos en procesos colectivos que aporten a cambios más trascendentes en cualquier ámbito: en lo público y en lo privado.
Es verdad, las marchas feministas en una ciudad como Querétaro han tenido un avance significativo en las calles, pero no necesariamente se refleja en la cotidianidad..
Por ejemplo, en 2019 marcharon 6 mil mujeres; y para este año ellas mismas aseguraron que fueron más de 20 mil en las calles de la capital. Pero en este tiempo, no podemos asegurar que las protestas vengan acompañadas de cambios estructurales.
Querétaro mantiene un rezago importante en legislaciones a favor de las mujeres, como la despenalización del aborto en el Congreso local, una de las principales causas del feminismo: La libertad para decidir.
Hay una falta de políticas públicas preventivas de violencia contra la mujer, existen altos índices de violencia familiar y acoso callejero, y una brecha de desigualdad económica que mantiene a mujeres en la marginación.
Frente a este panorama de desventaja para algunas, no dejemos que el activismo colectivo se banalice y reduzca principalmente a las actividades de marzo y a UNA marcha feminista, motivada por una cultura contemporánea que está obsesionada con los likes y la aprobación en nuestra identidad virtual.
Reflexionemos el significado que estamos dándole a una protesta que cada vez más adopta una forma similar a un producto de consumo: se vuelve efímera, se banaliza, se centra en la apariencia y en el espectáculo, más en la forma que en el fondo.
La construcción de un buen outfit, los pañuelos, la superficialidad, las historias de instagram, y una serie de consignas que más que incomodar, provocan una romantización de la violencia.
¿¿¿Si mañana soy yo, buscame en las estrellas???
Convertir una protesta en un evento superficial y hasta cierto punto de élite (porque analicen los privilegios de quienes marchan a su lado), sin cuestionar las estructuras del poder que nos oprimen, las causas se difuminan y son las mujeres menos privilegiadas las que se mantienen en la marginalidad, precariedad y en contextos de violencia.
Debemos cuestionar por qué un movimiento que está fundamentado en un cúmulo de teorías y en un proceso de politización, se convierte cada vez más en un movimiento de identidad personal y de consumo, alimentada por las redes sociales y una cultura del espectáculo.
¿Será parte de la evolución del feminismo? ¿O son las consecuencias de una sociedad cada vez más individualista, que abandona las causas colectivas, por la necesidad de crear una lucha identitaria para redes sociales?
Por eso es que me parece importante preguntarnos año con año, ¿por qué marchamos? ¿Por quiénes marchamos? ¿A lado de quiénes marchamos? ¿Nos importan todas las mujeres o solo las que viven las mismas realidades y violencias que nosotras? ¿Por qué excluimos a ciertas mujeres? ¿Por qué no marchamos a lado de las mujeres de Santiago Mexquititlán, o con aquellas que marchan por el territorio o el agua?
¿Cómo aportamos para la construcción de un estado más incluyente para todas las mujeres y no para unas cuántas?
Los performance (como los hemos adaptado, con bailes, colores, folclor y viralización) del 8M no deberían despolitizar un movimiento ni banalizar sus causas. Al contrario. Deben ser el altavoz para conquistar luchas pendientes. Evitar el vacío que domina la protesta y romper con la institucionalización de estas.
Las marchas deben incomodar al poder, no marchar a lado de él.
Hay que resignificar la rebeldía que cuestiona y desafía el statu quo, blindemos el movimiento del oportunismo político partidista que se suma cuando aquellos salen a buscar el voto.
Vigilemos a los poderes económicos y políticos que generan una desigualdad entre hombres y mujeres, pero también entre mujeres de distintas clases sociales.
Y lo más importante, reflexionemos de manera individual ¿a donde queremos dirigirnos con este movimiento una vez que cerremos Instagram?



