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Vitalidad, diferencia y violencia

Desde mediados del XIX hasta muy entrado el XX, la lucha social estaba determinada por la reivindicación de la “clase“. Los esclavos de los siglos proletarios –los obreros– eran el estandarte de los principales esfuerzos, iban al frente de marchas, huelgas, reclamos sociales, y toda suerte de esfuerzos por reivindicar al pueblo.

Usted se da cuenta de que mucha gente carga con preocupaciones y con miedos. ¿A qué? Ya no es fácil responder a esta última pregunta, por lo que hay que idear algunas hipótesis, con riesgo de no dar en el clavo.

Se pierde la idea de comunidad. Aristóteles (384-322 a.n.e.) recogía la antigua visión griega de que el ser humano es un “animal de comunidad”. Esta idea fue respaldada por filósofos y científicos de la época y de siglos posteriores; permaneció como certeza de la mayoría. Pero nada resiste las vueltas del tiempo y, a partir del XV, esa idea se fue haciendo más débil. Hoy viven de acuerdo con ella apenas unos cuantos.

La mayoría piensa y actúa, más bien, en soledad; aunque el hacinamiento de las ciudades sea sofocante y uno no pueda moverse a sus anchas. La propia existencia transcurre en solitario. A pesar de las multitudes, uno se hizo invisible y vale menos que un cero a la izquierda. Esa soledad –que cada quien la siente como de su exclusividad– da un miedo pavoroso.

Se vive una agresión de todos contra todos. Preguntarse qué sucede hoy en el planeta no concluye con respuestas claras. La gente se siente más confundida; ve más desorbitado y caótico su entorno, por más que oiga bonitos discursos de armonía, comprensión y esfuerzos compartidos. Al final, la vida se muestra ilusoria, mientras que las energías se vuelcan en depredación. Lo que permanece es destrucción y egoísmo.

Predomina la “talacha” para ganar un ingreso precario. Algunas personas muestran generosidad, para entregar lo propio (pertenencias, tiempo) y actuar sin impedimentos en favor de los demás. Por desgracia, son los menos, pues en todos lados se ve a la gente que, en su mundillo, se mueve según el tic-tac de ese reloj interno que le marca el ritmo debido para ganar unos pesos a la semana.

Millones de personas buscan, así, un dinerito para su familia. Es la forma en que se comportan los herederos actuales de aquellos caminantes que, incansables, recorrían selvas de vegetación exuberante, o estepas interminables, desiertos ardientes, suelos congelados y espacios ominosos. Esos son, ahora, los rasgos vitales de antiguos nómadas que hoy esperan con paciencia, boleto en mano, al autobús que sólo dios sabe si se detendrá para devorar su hambre eterna de carne humana trashumante.

Desde mediados del XIX hasta muy entrado el XX, la lucha social estaba determinada por la reivindicación de la “clase“. Los esclavos de los siglos proletarios –los obreros– eran el estandarte de los principales esfuerzos, iban al frente de marchas, huelgas, reclamos sociales, y toda suerte de esfuerzos por reivindicar al pueblo.

Esa clase se ha “abierto y multiplicado” para contener, también, a indígenas, mujeres, niños, migrantes, desplazados, etc. La lista de los grupos, colectivos y pueblos urgidos de atención social es interminable. Qué bueno que la lucha social no se detenga en un solo grupo, sino que reconozca el amplio abanico que porta sus propias demandas; el reclamo social tiene que ir mucho más allá que lo que interesa a un único grupo.

Hablar en favor de todos esos colectivos es reivindicar al género humano y significa romper con exclusivismos.

Finalmente, dado que el ambiente que priva en algunas zonas del mundo –México incluido– es el de la agresión a ciertos grupos, la oposición a esos ataques se tematiza como “alto a la violencia”. Suena bien, pero hay que tener cuidado. La violencia, como toda actividad humana, es polivalente –“buena” y “mala” a la vez–.

Indudablemente, exige algunos esfuerzos de violencia dejar las viejas prácticas sociales (no procurar limpieza; por ejemplo, para tomar los alimentos o cuidar la salud es dañino; o no promover el cuidado de la economía doméstica cuando se tienen responsabilidades en casa genera graves daños; o bien, no mantener rigor en horarios de estudio o de atención en trabajos de investigación científica puede ser fatal, etc.).

Sin duda, el paso de la edad de la niñez a la juvenil o adulta exige que los actores sociales se “violenten” a sí mismo para poder crecer y establecer autodominio. Se trata aquí, pues, de “violencia dialéctica”, como diría Bolívar Echeverría.

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