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AMLO y la fantasía del poder absoluto

Desde que López Obrador tomó posesión como presidente de la República (o acaso incluso antes), la opinión pública y ciertamente la academia o más propiamente cierto sector de la academia, comenzó a tejer la idea del poder absoluto. Tomó fuerza los primeros dos años y no se ha atenuado.   

Es al menos curioso que en un país como México, con tantos factores de poder político, no sólo formal —en especial no formal— se atribuya a un presidente el control total del aparato del Estado. Algo tendrá que ver la forma en que se pensó o se ha pensado, el presidencialismo priista. De este, valga decir, no fue ni de cerca imperial, aunque el calificativo sirva para vender libros, escribir columnas y encontrar espacio en los medios de comunicación.

Está poco pero bien estudiado y por lo mismo, vale la pena pensarlo con detenimiento: los actores y actrices políticas formales; especialmente el presidente de la República depende, para ejercer su poder, de la acción de muchísimas otras personas, con sus propios intereses, plataforma política, acuerdos y funciones. Es decir, que le disputan el poder, no formal (aunque también llegan a hacerlo), desde distintos frentes y de muchas maneras. 

Desde fuera de la esfera política formal, también hay disputas por el poder y control del aparato del Estado. La más evidente de todas había sido la esfera económica. El estira y afloja del gobierno actual se encontraba ahí: los amagues de un lado y otro, las amenazas, declaraciones, supuestas amistades que han dado patadas ni por tan “debajo de la mesa”. Contrario a lo que afirman muchas personas, es más evidente y sin duda absoluto, el poder del empresario más rico de Latinoamérica que el de López Obrador.

Por otro lado, están las Fuerzas Armadas. Sin duda es preocupante que cada vez tengan más funciones civiles, y que ni siquiera se limiten a la seguridad, aunque ya eso sería y es, preocupante por sí mismo, pero es reflejo también, de la debilidad política del presidente. Concederles tanto, es, finalmente, ondear una bandera blanca o buscar un aliado político para enfrentar otros. Como quiera que sea, significa perder poder.

Desde luego, contar con mayorías parlamentarias ayuda. Pero sobre todo para cuestiones formales, que importan a veces menos de lo que se piensa. Porque ya lo había comentado líneas arriba: las y los actores políticos tienen sus propios intereses, negociaciones y plataformas, y también son factores de poder con quienes negociar: candidaturas, recursos; poder, finalmente.

Y acaso por eso —lo planteo como hipótesis— el presidente utilice tanto la movilización popular, apele tanto al lenguaje llano —que él mismo utiliza— y a lo político mucho menos que a lo jurídico. Aunque tenga cierto poder formal, su fuerza política no se encuentra tanto en los bloques de poder político, económico y de opinión pública. Y, claro, eso lleva a tensiones, equívocos y excesos.

Como segunda hipótesis, sostengo que cualquier otro presidente, justamente por la capacidad de entendimiento con los factores de poder con los que no cuenta AMLO, tenía más poder, incluso formal, que el actual mandatario. Ahondaré en ambas en las siguientes entregas.

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