Chile. Un gran aliento


En medio de las masivas protestas en Colombia y la estrategia represiva por parte del gobierno de Iván Duque, así como de las hostilidades entre Israel y Palestina (sobre todo de Israel contra Palestina, habrá que decir), desde Chile hubo una bocanada de aire fresco. El 15 y 16 de mayo se vivió un fin de semana electoral histórico que, muy posiblemente acabe por enterrar la Constitución impuesta por la dictadura militar de Augusto Pinochet. Pero aún falta camino por recorrer.
Según los votos escrutados, las listas de ciudadanos independientes y la oposición de centroizquierda e izquierda -como los partidos Socialista y Comunista– se llevarían más de dos tercios de la Asamblea Constituyente, formada por 155 representantes que se encargarán de redactar la nueva Constitución chilena. Con esos resultados, las izquierdas podrían aprobar los puntos que se propongan para la nueva Constitución y vetar a la derecha -hoy en el poder con el presidente Sebastián Piñera-, debido a que cada ley solamente podrá ser aprobada con las dos terceras partes.
Las y los representantes -ya que tendrá paridad de 50% entre mujeres y hombres, con 17 escaños reservados para representantes de los pueblos indígenas- tendrán hasta junio de 2022 para deliberar el texto, que posteriormente será votado por los ciudadanos chilenos a mediados del próximo año. De no ser aprobada en esta votación final, la Constitución actual -la de Pinochet, vaya- permanecería vigente. Entendiendo que la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución son el fruto de las inmensas movilizaciones sociales que estallaron a finales de 2019 -también duramente reprimidas por la policía del gobierno de Piñera-, considero que es válido imaginar que tendrá un carácter progresista y popular, con leyes que establezcan la educación pública, protejan el medio ambiente, que busquen la igualdad de género (el movimiento feminista en Chile, recordemos, es de los más organizados), respeten a los pueblos originarios, etc. Sin embargo, las izquierdas se presentaron divididas, para no variar. No obstante, consiguieron un gran resultado, obteniendo alcaldías y gubernaturas, por ejemplo, el Partido Comunista gobernará la capital del país, Santiago, con una economista de treinta años.
Llamativa fue la enorme abstención en la jornada, sobre todo frente a la importancia de lo que se votó. Mientras que en octubre pasado, cuando se votó a favor de redactar una nueva Constitución, acudieron a las urnas un 78% de la población en edad de votar, en la última jornada apenas y se pasó del 30% según cifras oficiales. A decir de analistas, se ha esparcido la desconfianza frente a las posibilidades que ahora se abren. Hay muchas personas que no creen que la propuesta de la nueva Constitución vaya a traer una verdadera renovación. Después de décadas de dictadura militar y civil, de una transición democrática que no logró realizar los cambios prometidos -vía las urnas, incluso-, de un poder inmenso en manos de la élite económica y política que abanderó el modelo neoliberal, ¿por qué habrían de cambiar las cosas así como así? El gobierno de Piñera, evidentemente, no se ha quedado de brazos cruzados y busca mantener todo el poder que pueda, respaldando al dominante sector privado, el cual, a pesar del mal resultado, estará representado en la Asamblea Constituyente.
Pero en los sectores más conscientes retumba nuevamente la frase del compañero Salvador Allende, dicha en su último discurso con gran lucidez en medio de la tragedia del 11 de septiembre de 1973:
“sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

