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Corridas de toros y tradición

La polémica viene de hace muchísimo tiempo: ¿tenemos derecho como especie humana de divertirnos ante la tortura de un animal? La respuesta debería ser un no rotundo, pero siempre ha habido personas dispuestas a desafiar el sentido común más básico.

Que las corridas de toros son un negocio más o menos redituable, es claro. Digo más o menos porque, aunque consciente del dinero y poder de los ganaderos, de las asistencias más o menos importantes en las plazas del país, no se compara, por ejemplo, con eventos deportivos como el futbol o la NFL, para hablar de dos deportes que convocan muchísima más gente no sólo en los estadios sino en los bares y restaurantes. Es más común ver niños portando playeras de las Chivas, el Cruz Azul o los Pumas que disfrazados de torero.

También tienen un componente político. Me atrevo a una hipótesis más o menos plausible: hay un perfil que en los asistentes y fanáticos de la ‘fiesta brava’. En su mayoría son hombres que pasan los cuarenta o cincuenta años, católicos, de clase media y, por supuesto, tradicionalistas. Es un perfil, como dije, una generalización. Pero no es casualidad.

Uno de los argumentos —por demás endeble habrá que decir— para justificar la existencia de las corridas de toros es la tradición. Ya sabemos que las tradiciones son inventadas y que en nombre de la tradición se han cometido un sinfín de atrocidades. Y se siguen cometiendo.

Normalmente, defender una tradición implica ponerse en una postura conservadora. Y las tradiciones cumplen esa función: reforzar un sentimiento de comunidad, legitimar y reproducir ciertos valores; apelar a una moralidad. Del bautizo como rito purificador a la presentación en sociedad a los quince años en México, pasando por la sábana para verificar la virginidad de la recién casada o las prohibiciones para los hombres de llevar el cabello largo en las escuelas, no hay nada intrínsecamente bueno en una tradición. Y sobran ejemplos absurdos.

Los momentos de ruptura social se caracterizan porque ciertos sectores cuestionan la legitimidad de determinadas prácticas más o menos normalizadas y, desde luego, por las patadas de ahogado de quienes se aferran a un orden conocido que les daba certeza y colocaba en una posición social determinada: para ser hombres, hay que ser (e inserte aquí lo que guste, según la tradición).

Aún causa extrañeza, incluso molestia, en algunas personas que haya una preocupación por el bienestar animal, y que incluso se equipare en importancia a la existencia humana. Son los tiempos.

No lo atribuyo necesariamente a una toma de consciencia, simplemente a un cambio en la manera en que pensamos y nos pensamos como especie; aunque tampoco es tan nueva, pero ha permeado un poco más allá de círculos filosóficos o sociológicos para alcanzar incluso a las decisiones judiciales.

La plaza México estuvo cerrada varios meses gracias a un amparo y una suspensión provisional; luego abrió para beneplácito de una minoría que, eso sí abarrotó el lugar. En Querétaro tiene un cierto signo de distinción. Ser queretano, y lo sabrán quienes reivindican eso como identidad, etérea por lo demás, pasa por ir a la Santa María o a Juriquilla para la corrida navideña. Ahí se saluda la queretanidad.

Ya veremos qué resuelven los poderes judiciales. Por ahora no tengo muchas esperanzas de que aprueben abolir las corridas, pero sin duda viven cada día sus últimos. No falta mucho.

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