Articulistas

De irracionalidad y razones

Lo diré sin mayor rodeo: la opinión pública que se formó a partir del paradigma aún predominante en las ciencias sociales, en particular la ciencia política, está extraviada.

Los huecos teóricos y desde luego empíricos, se manifiestan en la incapacidad para siquiera entender el momento político. No obstante, es justamente allí donde está la raíz de sus problemas. El (problema) teórico-conceptual es sencillo de describirse: el paradigma de la ciencia política neo institucional no concibe formas sociales por fuera de su marco explicativo. De tal manera, resulta casi normal que acudan una y otra vez a la(s) misma(s) categoría(s) para explicar fenómenos distintos. De ahí se sigue el error empírico: AMLO, lo mismo es Trump que Chávez que Echeverría. Todos caben bajo una misma etiqueta. Todos son populistas.

Claro que el concepto es más difícil, y se ha discutido muchísimo más; pero al parecer, es lo de menos. El populista es el que apela al pueblo (cosa haría cualquier político, en principio) y a la irracionalidad. A partir de allí los símiles son casi lógicos: no creen en las instituciones, les molesta la ley, quieren permanecer en el poder indefinidamente. Para ello, convencen a las masas, apelan a su enojo y les presentan soluciones fáciles.

Lo anterior sonará bastante plausible, lógico y característico de las figuras que mencioné. Es una idea bien implantada en la conversación pública; sea en las editoriales de los periódicos, en las barras de opinión o hasta en las aulas académicas. Pero por lo menos, se queda corto.

Empíricamente, las circunstancias bajo las cuales cada uno de esos políticos llegó al poder, son distintas. Incluso desde el punto de vista formal: otro sistema político (y hasta electoral), otros momentos históricos, otra movilización de sentido. Todo, al parecer, importa poco, son pequeños matices.

Lo único que en realidad comparten, sin duda, es que se salen de las categorías de la ciencia política dominante. Eso, desde luego, no se reconoce. Por eso se acude a una única denominación general que también explica su racionalidad. Los políticos la conservan, por cierto, y son una suerte de titiriteros de la masa. Idiota, por definición.

En contraste con esas figuras, la opinión pública y academia más o menos dominante defiende y piensa en “líderes” que no son: sin base social, sin capacidad de movilización, alejados del pueblo. Su ideal del político es en realidad antipolítico.

AMLO forjó su liderazgo mediante la movilización, ha sido su forma para enfrentar a los poderes: político, económico, por mencionar algunos, lo que le permitió arribar al poder. No debería sorprender que así lo ejerza, refuerce y reproduzca. De esas formas políticas, bien conocidas, se siguen conclusiones disparatadas: se va a reelegir indefinidamente. La verdad, lo anterior sólo lo dicen para conservar un poco de relevancia. La que les queda y que sólo pueden hacer sonar mediante gritos. Y no, no es culpa de AMLO, aunque él lo sepa explotar.

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