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Elecciones del 2018 y guerra psicológica (II)

La génesis de la ciencia política, desde mi perspectiva, se inicia con Nicolás Maquiavelo, con su libro ‘El Príncipe’, quien con sus recomendaciones absolutamente mundanas y laicas nos muestra “el arte de gobernar” y de permanecer en el poder.

En la entrega anterior me refería los antecedentes de la política en la antigüedad grecolatina, la que se enfocaba en los derechos “naturales” de los individuos, en las formas de gobierno: monarquía, aristocracia, democracia y oligarquía. Mientras que la aceptación de la esclavitud era parte del entramado y la “ciudadanía” era exclusiva de los pueblos “civilizados” y no para los bárbaros que eran sometidos por aquellos. El Estado era la condición de realización, plenitud y felicidad de los individuos y de la comunidad. La soberanía es una cualidad fundamental del Estado.

En esta segunda parte, me interesa rescatar propiamente la génesis de la ciencia política, misma que desde mi perspectiva se inicia con Nicolás Maquiavelo, con su libro ‘El Príncipe’, quien con sus recomendaciones absolutamente mundanas y laicas nos muestra “el arte de gobernar” y de permanecer en el poder. ‘El Príncipe’ es un libro didáctico, concebido para el ejercicio de la dominación y del poder, para que el monarca, el rey, el príncipe y los personajes de la nobleza, se mantengan y expandan su poder y señorío, no desde la perspectiva teológica o moral, sino proactivamente ejemplares.

Abiertamente se pronuncia por tres medios fundamentales para la consecución de esta finalidad: a) el uso de las armas, b) el uso de la intriga y c) la generación de la revuelta popular. De estas tres premisas se derivan varias acciones: una vez que el príncipe o gobernante se instala en el poder, debe usar directamente la violencia para deshacerse de sus enemigos, sin ningún tipo de contemplaciones, para prever y someter cualquier conspiración palaciega. En un supuesto balance entre ser amado o ser temido, tiene más peso el ser temido. El principio fundamental de que “el fin justifica los medios” es la tónica central del “cinismo” maquiavélico, que de alguna forma da pauta para la deificación de la “razón de Estado” y para el mantenimiento del ‘statu quo’ (muchos sucesos del proceso electoral mexicano del 2018 parecen diseñados por esa doctrina que concluye en la aprobación de la Ley de Seguridad Interior).

En ‘Los Seis Libros de la República’ de Juan Bodino se planteaba la cuestión de la “soberanía del Estado”, la cual requiere de un centro de poder de donde emanen las leyes, las cuales, una vez promulgadas, deben ser obligatorias para todos y su falta de cumplimiento conlleva sanciones y penas para quienes no las obedezcan. Dado el contexto de la época, Bodino señala que este poder puede dimanar de la monarquía absoluta, pero también indica que puede provenir de la democracia representativa o parlamentaria, o inclusive de la democracia directa, a través de la asamblea popular.

Posteriormente, Thomas Hobbes, con ‘El Leviatán’ intenta responder a la cuestión de la necesidad del Estado. En ese sentido, precisa que para superar la norma primitiva de “todos contra todos”, los hombres ceden su libertad absoluta a un tercero, el más apto y el más inteligente, al soberano, para que imponga orden en el caos, promulgue leyes y castigue a los transgresores. De esta forma, los hombres libres hacen un pacto para que pueda existir una sociedad política organizada, articulada a un soberano territorial, al monarca absoluto que sea garante de la seguridad, el orden y los bienes. Lo anterior, explica, según Hobbes, la necesidad del Estado.

Charles Louis de Secondat, más conocido como el Barón de Montesquieu, reflexionó, en el marco de la Ilustración, en su obra magna ‘El espíritu de las leyes’, acerca del por qué las sociedades tienen distintas normativas y legislaciones que las cohesionan. La respuesta es la propia idiosincrasia de los pueblos, lo que hoy conceptualizamos como la cultura. Retoma de la Guerra Civil inglesa los conflictos entre monárquicos y parlamentaristas, la caída y decapitación del monarca Carlos I, el 30 de enero de 1649, acusado de tirano y enemigo de la nación, siendo el primer rey europeo que era sometido a esa pena mortal. En la segunda etapa de la guerra civil (1688-89) la Cámara de los Comunes reinstaura pacíficamente la monarquía parlamentaria. Montesquieu rescata las ideas del estado liberal de John Locke sobre la división de poderes del sistema parlamentario bicameral: la Cámara Alta (o de los Lores, en Inglaterra) y la Cámara Baja, integrada por diputados elegidos por el pueblo, quienes aprueban las leyes en ambas cámaras.

En su momento, Juan Jacobo Rousseau desarrolló en sus libros ‘Discurso sobre la desigualdad entre los hombres’ y en ‘El Contrato Social’ las tesis sobre la condición originaria del “buen salvaje”, en la que los hombres libres pactan un contrato social y de ahí emerge la soberanía del pueblo, la cual es inalienable, indivisible y absoluta, siendo promotor de la democracia directa.

Finalmente, la Revolución francesa de 1789, con sus grandes transformaciones y contradicciones, y con sus principios de “igualdad, legalidad y fraternidad” iluminaron la Declaración de los Derechos del Hombre y El Ciudadano, que son 17 preceptos generales que abonan por la libertad y la igualdad y la ley que debe ser de aplicación universal y expresión de la voluntad general. Como ocurrió con Carlos I en Inglaterra, Luis XVI, también es de decapitado en la guillotina parisina. La Revolución francesa suprimió la servidumbre y la monarquía e instaló la República.

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