Escuchemos a los menores
Educadores y especialistas de diversas disciplinas reconocen que los chicos no son “esponjitas absorbentes”, ni “plastilina moldeable” en manos de un Pigmalión.
¿Cómo se la están pasando los niños y adolescentes con la modalidad virtual de enseñanza?
La respuesta depende de las muy diversas condiciones en las que éstos viven.
En la historia, pocas veces los menores han sido tomados en cuenta para dar su opinión y no siempre ha sido feliz su relación con los adultos. Sin embargo, desde la ‘Revolución copernicana de la educación’ al inicio del siglo pasado, se viene manifestando un interés creciente por reconocerlos como sujetos con dignidad propia.
Educadores y especialistas de diversas disciplinas reconocen que los chicos no son “esponjitas absorbentes”, ni “plastilina moldeable” en manos de un Pigmalión, ni recipientes vacíos que han de ser “llenados de conocimientos”, ni “fotocopiadoras” que sólo repiten lo que reciben. Son sujetos activos y pensantes en proceso de desarrollo, con formas muy peculiares de interpretar su entorno; naturalmente curiosos y creativos, que requieren de buena alimentación, amor comunicación y cuidados; de una estructura de vida firme y flexible, de interacción directa con el mundo natural y cultural, de juego espontaneo y dirigido, así como del encuentro con desafíos que los lleven hacia su autonomía intelectual y afectiva.
Cuando estas necesidades son atendidas por la familia y la escuela, esperamos niños sanos. Sin embargo, muchos contextos son adversos, en parte por la precariedad en la que vive la mayoría de la población, en parte por la falta de formación de los educadores, en parte por su sujeción a la ideología dominante, que reduce a los menores y a sus padres a simples clientes, más o menos manipulables.
La gran cantidad de proclamas, leyes, convenciones e instituciones nacionales e internacionales que se promueven para proteger a los menores, da cuenta de los dramas que muchos viven: No pocas veces son abandonados, mal cuidados, humillados o tratados cual sirvientes que han de asumir excesivas responsabilidades para su edad. Otras veces se vuelven objetos de chantaje en caso de divorcio, o son comprados con regalos para paliar las culpas de sus padres; en ocasiones también son expuestos como trofeos para satisfacer su orgullo. Y más de los que imaginamos son empleados como sicarios o esclavos sexuales.
Quienes se dedican a la psicología clínica dan cuenta de serios dramas que se han agudizado en los tiempos de confinamiento y de la excesiva exposición a los medios televisivos y virtuales. No me refiero sólo a los daños al desarrollo neuronal-cognitivo que ocasiona en los bebés la exposición a celulares, usados en vez de sonajas, sino también a la preocupante comprensión del sentido de la vida que emerge en muchos menores.
Así que, cuando intentemos conocer cómo piensan o cuáles son sus intereses, no podemos dejar de psicoanalizar sus respuestas. Muchas veces lo que escucharemos es la voz del mercado, que ya colonizó sus deseos desde su más tierna infancia.
Por fortuna no todo está perdido. Educadores que aman a sus hijos o alumnos, y tienen sentido común o cierta actitud crítica, pueden reconocer si son felices o algo anda mal.
La expresión de hartazgo de muchos menores por tener que seguir consignas anodinas a través de la televisión o el internet, podría ser un signo de salud mental, en la búsqueda de experiencias vitales.
Pero habrá que escucharlos y poner mayor atención, cuando se vuelven adictos a las redes sociales, e intercambian banalidades o mensajes en extremo groseros o agresivos o hiper-sexualizados, no sólo con sus amigos, sino con extraños siniestros.
*Miembro del Movimiento por una Educación Popular Alternativa


