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Hipérboles

No pretendo hacer una defensa de la marcha del domingo 27 de noviembre porque no comparto sus motivos inmediatos: la defensa de la reforma electoral presentada por el presidente de la República. Sin duda la marcha fue más que eso, parte de la disputa política que vivimos. Y, dentro de esa disputa, encontramos igualmente las interpretaciones de la marcha: si era o no necesaria, por ejemplo. O, también las implicaciones de una movilización convocada desde el poder.

Semanas atrás, cuando anunciaron la movilización, una académica del CIDE rememoró a Gustavo Díaz Ordaz. Al señalarle la desproporcionada comparación, me respondió que únicamente era análisis histórico. Luego, el profesor Jorge Ramírez de la UDG, consideró que una manifestación convocada desde el poder era propia del fascismo. No dijo, en ningún momento, que el gobierno de México fuera fascista, sino que la práctica había sido utilizada (incluso inventada) por el régimen de Mussolini.

Peor aún: un escritor (o algo así), que no me queda muy claro si ha vivido en México, pero no es mexicano, escribió en tuiter, algunas características de la marcha. La conclusión a la que arriba es verdaderamente ridícula y nada novedosa: AMLO se presenta y construye como un mesías; sus seguidores son fanáticos, feligreses. Las consecuencias de esto van más allá de su sexenio, porque se convertirá en un poder en la sombra, habiendo constituido una iglesia secular.

Tenemos un problema de opinión pública. Por un lado, quienes están en contra del presidente de la República están dispuestos a decir cualquier cosa. Del otro lado, y acaso como consecuencia, sus seguidores más convencidos se repliegan y endurecen su posición. Ante la desproporción de la crítica, sigue teniendo sentido el honor de estar con Obrador, aunque desde luego no lo tenga.

Se extraña la crítica política que no recurría a las hipérboles o a las frases pegajosas, a las elaboraciones simplonas que terminan por fortalecer los motivos del gobierno. Desgraciadamente, nunca han sido abundantes y los que había, están, también, más ocupados por apoyar alguna candidatura que por analizar. Otros (y suelen ser los mismos), cuentan ya con tantos espacios en los medios de comunicación que ya ni siquiera tienen mucho tiempo para estudiar o leer algo más allá de lo superficial. Y terminan diciendo lo que sea. O peor aún, defendiendo a quien sea.

Los problemas de la crítica contraria al gobierno son varios. En primer lugar, parten una idea muy reducida del poder político. Es un error pensar que sólo el presidente de la República detenta poder político y, peor aún, que tiene más poder que otros actores, habiendo tantos a quienes nadie les disputa su poder, que no están sujetos a la temporalidad de los encargos públicos ni a sus límites. En ese sentido, cualquier marcha es convocada por el poder. Y, desde luego, busca constituirlo, reproducirlo y fortalecerlo.

Desconozco los motivos de López Obrador, pero supongo que, dado que su poder proviene de la calle, de la confrontación con las élites, convocar a una o varias marchas es mantener esa forma de poder y el vínculo a partir del cual se constituye como líder político.

Sin mejor crítica, sin más críticos, no habrá quien pueda disputarle las calles, el pueblo y las mayorías. Ya estamos en 2023, prácticamente. Habrá que hacer cuentas.

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