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Pérdida a fragmentos


Nunca supo por qué esa noche salieron, a toda prisa, de los Altos de Chiapas. Tenía cinco años cuando su mamá la despertó y le dijo que se iban, pues a su papá lo acababan de matar. Pero se acuerda de cuando, como de repente, ya andaban en Querétaro, cerca de las vías del tren: lo oía al saltar las junturas de los rieles y la locomotora aullaba lastimera, con lo que anunciaba su cercanía. Su mamá nunca le pudo explicar por qué salieron de Chiapas y llegaron a Querétaro. A eso se reducen sus recuerdos.

También recuerda que ella, con su hermanita y su mamá, vivían en la azotea de una casa en la colonia España. No sabe por qué llegaron allí ni cuándo nació la nena. Todos sus recuerdos están hechos a retazos, sin relación. Lo que recuerda es que su mamá no paraba de llorar, aunque seguido lo hacía en fragmentos, a escondidas, como para que nadie se diera cuenta. Elsita se siente igual: siempre quiere llorar, como si le doliera algo muy hondo, pero no sabe por qué.

Apenas iban a construir la escuela, y mientras se improvisó un espacio, en el salón de un sindicato. Las paredes estaban rotas en tramos por los que se colaba el frío. A ella la sentaban atrás, y eso hacía que se distrajera a cada rato. Sólo aprendía pedazos. Como no entendía, y ya tenía catorce años, su mamá le dijo que mejor se fuera a trabajar, y así entró a una miscelánea. Por esos días, como si algo le reprochara “ser sólo una mujer en pedazos”, al chocar contra una pared por la arena de lucha, un camión le arrebató a su mamá. Elsita no pudo volver a la tienda.

Una noche, a oscuras, le urgió a su hermanita de 6 años que se pusiera los zapatos, para salir. Los de la casa donde vivían las iban a enviar a un lugar con niños sin papás. Así anduvieron hasta que el frío las obligó a buscar dónde protegerse, y se quedaron en una banca de la estación del ferrocarril. El ir y venir de la gente y la luz del sol que entraba por el ventanal las hizo levantarse. Ella tomó de la mano a la amodorrada hermanita, y se fueron por el rumbo del molino.

Una vieja que vivía sola en un jacal improvisado les ofreció su techo y, en esa urgencia, también atole y tamales para meter algo a la barriga. La mujer no pagaba renta por esas paredes de lona y madera; comía lo que le dan en la escuela que asea diario, y así mantuvo a las chicas. Cuando la vieja llevó a la hermanita a la escuela, para que aprenda, Elsita salió a buscar trabajo, y se preguntó qué podría encontrar, si no sabía nada; sólo barrer, como lo había hecho en la casa de la España.

Llegó a una plaza grande, de las que tienen muchos locales y una tienda de conveniencia, que acapara la parte más fuerte del comercio en la zona. Preguntó por el encargado y la enviaron con el responsable del estacionamiento. Él le ofreció en la parte norte el cargo de asesora vial (así nombran ahí a un “viene, viene”, para ocultar la falta de contrato), y tendrá que darle semanalmente una cuota de 500 pesos, así como estar en el horario que le dé “el jefe”.

Ahora tiene que ir todos los días, en horario roto, según le piden. A veces hace sol, a veces lluvia, viento, frío o calor; a veces va gente, aunque sea a pasear, pero no ahora, por temor a la pandemia. Algunos le piden que les lleve al coche lo que compran y le dan propina; otros no le dan nada o hasta la insultan (“no toque mis cosas; no sea que se me pierdan”). En ocasiones, le piden con desconfianza (“porque es mujer”) que empuje el auto que no arranca, y se van sin darle ni las gracias. Algunos piensan que es prostituta disfrazada de “viene viene”, y le piden sus favores. Se enojan con ella porque se niega.

Ella concluye, pues, que es pura pedacería. Así hace el recuento de su vida.

 

gguajardoglez@hotmail.com

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