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Que así se quede

Que se quede así el Ángel de la Independencia, que cargue con su nuevo significado. Que se conserve como recordatorio de la degradación humana, como herida abierta.

Unas cien mujeres dedicadas a la restauración de monumentos históricos demandaron formalmente que las pintas realizadas a la Columna de la Independencia en la capital del país no sean borradas, que se mantengan así hasta en tanto se resuelve la violencia en el país, particularmente contra las mujeres. Precisaron que no apoyan los excesos del 16 de agosto pero entienden la transgresión como parte de los procesos que acontecen en torno a los símbolos de nuestra historia.

Nada importa mi punto de vista, desde luego, pero comparto esta posición. Coincido con el colectivo cuando dice que esa manifestación constituye un “grito desesperado” en contra de la impune violencia sistémica y normalizada hacia las mujeres. De modo que las pintas deben ser vistas como una condensación de la ira contra la depredación y la impunidad, como un ¡basta ya! a la violencia desbordada en que vivimos.

Según el órgano legislativo de la capital del país, en la Ciudad de México ha sido vandalizado el 70 por ciento de los monumentos y edificios históricos. Pero en ninguno de ellos el daño reviste el impacto emocional que despide el Ángel de la Independencia en las condiciones en que se encuentra actualmente, producto de la catarsis poderosa del 16 de agosto.

Debemos saber que de las 76 esculturas de los liberales decimonónicos que hacen valla en el Paseo de la Reforma, 14 sencillamente ya no están porque fueron robadas, 68 no conservan sus placas y no hay una que se salve de algún rayón con aerosol. Bueno, el año pasado un individuo fue sorprendido cargando en un diablito la estatua del ministro de Guerra del presidente Juárez, sí, para venderla como fierro viejo, y reveló que le pagarían 60 pesos el kilo. Que primero arreglen estas estatuas, cuyo daño carecen de carga simbólica alguna. Y que distingamos entre esas acciones y las que revisten un carácter simbólico.

Que se quede así el Ángel de la Independencia, que cargue con su nuevo significado. Que se conserve como recordatorio de la degradación humana, como herida abierta, como denuncia de la bestialidad del machismo. Que se mantenga para no silenciar un fenómeno extremo que era evitable. Cada vez que lo veamos recordaremos el drama de la violencia y sus causas, la impunidad y la indiferencia. Como bien argumenta el colectivo, “las vidas perdidas no pueden restaurarse, el tejido social sí”. Más que en el bronce venerable, hay que regocijarnos en el respeto a las vidas y su dignidad.

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