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Que lluevan poemas

A la lectura le hemos atribuido poderes casi místicos. Las exaltaciones van de lo comercial a lo político pasando por lo ridículo y francamente clasista.

A todos nos queda claro que leer es importante. Es cierto, la lectura nos permite construir y entender representaciones de otros mundos, imaginarios o reales, adquirir consciencia de las infinitas posibilidades de ser y de estar; idealmente, también, entender nuestra posición en el mundo y, como consecuencia, generar cierta empatía hacia situaciones diversas.

Hasta ahí, creo, no hay mayor controversia. Y ese sería, en principio, el problema de no leer (o leer poco o leer cualquier cosa, no es un tema simple). Aunque sería también el problema de no ir a museos o no escuchar a Mozart, por ejemplo.

Hace unas semanas, con cierta candidez, la esposa del presidente de la República, en un acto público, exaltó las virtudes de la lectura. En su declaración, aludió a la criminalidad. Un lector no es un criminal, fueron más o menos sus palabras. Desde luego que habrá muchos lectores que no sean criminales, pero sin duda hay también muchos delincuentes que leen. En otras palabras, la delincuencia no se acaba regalando libros, ni leyéndolos, porque tampoco comienza ahí. Hablar de las causas estructurales de la violencia o de la delincuencia está bien; pensar que las causas son la falta de lectura, se acerca, quizás, al problema. Aunque no es ese, propiamente.

La semana pasada el escritor Guillermo Fadanelli publicó en su cuenta de tuiter una iniciativa de otro escritor: lanzar desde un helicóptero cincuenta mil volantes con un poema de Raúl Zurita. Dijo Fadanelli: “Las hojas caerán sobre Tultepec, Ecatepec, Cuautitlán y la periferia olvidada. Ojalá lloviera así más seguido”.

Saltan varias dudas respecto de la iniciativa: ¿por qué desde un helicóptero? ¿para performativizar la lluvia poética? (y, conste, no me detengo con el uso de ‘periferia’). Parecería un acto magnánimo: acercar la lectura a los olvidados. El problema está en pensar que eso tiene alguna utilidad, más allá de enorgullecer a sus ejecutores que, justamente, ven en el acto magnanimidad. En realidad, hay desprecio, por un lado, y la ya mencionada exageración de la lectura como fuente mágica para la superación colectiva.

La declaración de una y otro tienen un punto en común: la representación del no lector/a es alguien ignorante; ciertamente pobre, que delinque porque no se ha iluminado con conocimiento. Como si cualquier crimen sucediera por ignorancia. Como si recordarles a los periféricos que sabemos que existen y empatizamos con ellos fuera aventarles poemas —casi emulando la famosa escena de El Lobo de Wall Street—.

No es que esté mal promover la lectura, insisto. Y desde luego que la falta de lectura se debe, en parte, a la disponibilidad. No sólo de libros, sino de tiempo para leerlos. El problema, pues, no es leer o no —por deseable que sea leer—, sino como representamos las carencias y sus soluciones. Nadie se ocupa de pensar que el problema estructural, si es que es un problema, es que no hay tiempo para hacerlo, porque hay otras carencias. Está claro: leer no hace a nadie más inteligente.

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