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Qué sigue de aquí para adelante

Nada hay tan pesado y dramático como estas contradicciones —¿de vida o de muerte?— y tener que prescindir de los seres humanos.

Es como encontrarse en un tobogán permanente, como iniciar y concluir al infinito, en continua contradicción, hallarse en el principio y el fin a la vez. Todavía algunas personas están recogiendo y guardando lo que usaron en las fiestas de principios de año, mientras que otras ya sacan lo que necesitarán no sólo en el “mes patrio”, sino también lo que requieren para los festejos de noviembre o aún de diciembre. Es decir, todo da vueltas; su inicio y su conclusión están a la vez y no están.

Aunque los contextos no sean los mismos y se necesite reconocer las diferencias, algo similar sucede en muchos otros momentos de la vida. Pese a que las autoridades sanitarias; por ejemplo, insisten a la población en que sea cuidadosa y “guarde la sana distancia”, hay gente que parece que oyó lo contrario, y justifica reunirse, ¡ya!, con los otros, aunque vibre con el temor de contagiarse en el trato con el de enfrente.

¿Dónde empiezan y terminan el ser y la verdad? ¿En qué consiste la voz de una “autoridad”?, ¿en qué es diferente a la conciencia?; ¿o hay que resguardarla como a un credo religioso o hay que tirarla a la basura? Nada hay tan pesado y dramático como estas contradicciones —¿de vida o de muerte?— y tener que prescindir de los seres humanos, del contacto con ellos. Los meses que cada uno ha pasado en la soledad son mucho tiempo…, justamente por el dolor que implican. Al fin y al cabo, uno tiene que morirse. Es posible que insistir en reunirse con los otros no sea tozudez, sino algo que no se alcanza a entender, incluida la rebeldía contra las consignas; ¿son un abuso, o alguien le quiere tomar a uno el pelo? Es necesario encarar el tema con detenimiento.

En Proceso (2 de agosto de 2020) publicó “El zoológico humano”, un artículo de Federico Álvarez del Toro, el cual resume otro texto suyo, más amplio, el cual —según el autor— se basa en diferentes pasajes de una vieja edición, El zoo humano (Desmond Morris, Plaza & Janes, SA, España, 1973), que mucha gente leyó y discutió en los 70 del siglo pasado, y lo citaba con frecuencia.

Ya en la introducción de su libro, el propio Desmond Morris se valía de un argumento bien justificado en esos momentos, y es muy valioso hoy, pues permite entender la situación actual: se trata de una conducta y una reacción anímica frecuentes: “cuando las presiones de la vida moderna se vuelven opresivas, el fatigado habitante de la ciudad suele hablar de su rebosante mundo como de una jungla de asfalto” (subrayado de GG). En el escrito se insiste en que el habitante de la ciudad se comporta como muchos otros animales en situación de cautiverio, pues la carencia de espacios y la tensión lo colocan en “constante peligro de enloquecer”.

El resto del artículo de Álvarez del Toro habla de las fieras (jaguar, águila “arpía” y otras bestias semejantes) que, al verse privadas de movilidad y bajo la condición de encierro en un zoológico, por ejemplo, con frecuencia producen cortisol, adrenalina, químicos y demás sustancias tóxicas para generarse a sí mismas patologías, envenenamientos y, aún, provocarse la muerte.

Al pretender llevar la imagen al extremo, Álvarez termina señalando que en los zoológicos se ve tan doloroso el drama de la inoperatividad de estos espacios, contra la vida sana entre los animales, que poco a poco están desapareciendo los lugares de reclusión –incluidos los zoológicos “abiertos”– para liberar a las bestias.

En referencia al ser humano, concluye diciendo que “el encierro incrementa neurosis y violencia o es precedido por la depresión. (…); las personas pasan por todo tipo de contrastes emocionales, inseguridad, preguntas, miedo, ira, incertidumbre ante el futuro y el derrumbe de esperanzas y expectativas de vivir en paz o con mejoramiento de condiciones”.

Álvarez añade que, en este escenario, se hacen patentes el orgullo y la soberbia del mundo occidental: no se puede esperar que, una vez que pase el COVID-19 y se quiera regresar a la vida que se llevaba antes de su aparición, todo será como antes.

“El mercado ha privilegiado intereses económicos y políticos por encima de los elementos esenciales de la convivencia amigable, la calidad del aire, la pureza del agua, la salud y el sistema de supervivencia de la naturaleza”.

Uno puede añadir que, más allá de las predicciones de Álvarez, el ser humano ha vivido una larga experiencia de encerramiento indeseado, de desconfianza en los demás (que significan peligro y ponen en riesgo la sobrevivencia de la especie y de los otros individuos). El aprendizaje –así parece– es que la sociedad amenaza al ser humano y que hay que atravesar la vida propia en soledad como única solución y garantía de la existencia. De allí el título del artículo: Qué sigue de aquí para adelante.

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