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Cuando la narrativa sustituye a la realidad

El reciente informe del presidente Andrés Manuel López Obrador, da cuenta de como la realidad no ha derrotado a la narrativa, por el contrario, la narrativa sustituye a la realidad a fuerza de propaganda y polarización. AMLO ha logrado que no se le valore por los resultados de su gobierno, sino por la bondad de sus intenciones. El presidente no arregla problemas, pero nos señala detalladamente a los villanos que los crearon; no saca a los pobres de su condición, pero los abraza con su palabra y los recompensa con una pensión.

El presidente es un político triunfante en el terreno de las emociones, que no en el de la eficacia de sus políticas públicas. Como ha señalado el prestigioso consultor político Luis Costa Bonino, “Andrés Manuel López Obrador es un modelo perfecto de quien maneja muy bien su acción política y su discurso en un plano emocional, de sentimientos y es totalmente incapaz de hacer desarrollos políticos racionales coherentes”.  En este sentido, podemos celebrar su capacidad para conectar con las emociones populares y sus competencias comunicativas, pero lamentar su escasa efectividad para atender los problemas más graves que aquejan a México.

La popularidad del presidente no cede y es muy probable que se mantenga alta el resto de su sexenio, pero esto en nada ayuda al progreso del país, no es resultado del éxito de sus programas o de los indicadores de su gestión, sino de su narrativa que construye diariamente una ficción que poco tiene que ver con un país que está lejos del cielo prometido.

Como sostiene Costa Bonino, la política basada en la generación de mensajes emocionales acaba por ser muy peligrosa para vida democrática. De acuerdo al consultor, los presidentes proclives a la comunicación emocional acaban por apelar a emociones negativas, al amigo-enemigo, al estás conmigo o estás contra mí, que conducen invariablemente a modelos autoritarios de ejercer el poder. El espectro emocional de AMLO no es incluyente, por el contrario, es profundamente excluyente y radical, no invita a la concordia o a la aceptación de la diversidad, sino pretende la definición bipolar que anula el centro, la polarización que evita el debate y el maniqueísmo que reduce la realidad a una historia de buenos y malos.

México tiene un gran comunicador como presidente, cuya política le sirve a él y a su afán por pasar a la historia como trasformador y prócer de la patria, pero sirve poco a los pobres que aumentan y a las clases medias que se reducen, a las victimas del crimen organizado y a las instituciones que bajo su gestión se debilitan. El triunfo del storytelling sobre los datos, la ciencia y la libertad de pensamiento es una mala noticia para el país. La manera de gobernar de López Obrador descansa en la construcción de una narrativa, que asegura la legitimación de su proyecto y lo que es mejor, la desatención de la realidad para vivir la ensoñación planteada. La realidad acaba por ser relativa, qué importa el desabasto de medicinas si podemos estar en el bando de los que quieren el cambio verdadero, qué importa la inseguridad si estamos exentos de los pecados neoliberales, para qué cuestionar si hemos derrotado al neoliberalismo, para qué ser críticos si lo que nos piden es un acto de fe. La realidad no ha derrotado a la narrativa, por el contrario, la narrativa nos impide ver la realidad.

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