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El infoentretenimiento en las mañaneras

La trivialización de los problemas y la negación de lo grave son una constante en las llamadas mañaneras del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. A raíz de la solicitud de consultas realizada por Estados Unidos en el marco del TE-MEC en torno a la política energética de México, la mejor respuesta que se le ocurrió a López Obrador fue el “uy que miedo, mira como estoy temblando” del músico tabasqueño Chico Che.

Los asuntos de Estado permiten, ocasionalmente, el uso puntual y administrado del sentido del humor, pero la mayor parte del tiempo requieren de respuestas expertas, serias, inteligentes y apegadas al protocolo y a las reglas de la diplomacia. López Obrador carece de matices y recursos, sólo sabe hacer chistes para la gradería y frases para sus bases y público más incondicional, aquel que no le exige que esté a la altura de las circunstancias o que atienda con responsabilidad las crisis o emergencias.

La mañanera es un ejercicio de propaganda, no de rendición de cuentas y mucho menos de discusión experta o informada sobre temas relevantes para el país. Su contenido se limita a seguir la agenda presidencial, ocupada en lo electoral o en la denostación de todo aquel que piense diferente al ejecutivo. Su formato por extenso y arbitrario toca toda clase de temas, el presidente se permite dar lecciones de moral, reflexiones espirituales y desde luego infoentretenimiento, aderezando la mañanera con videos que van desde Don Gato, hasta los temas musicales de su paisano Chico Che.

Desafortunadamente un asunto tan serio como el inicio de una controversia formal con los principales socios comerciales de México: Estados Unidos y Canadá, al presidente le merece tan pobre e infantil respuesta. Fiel al estilo populista clásico apela al nacionalismo, reclamando respeto a la soberanía y pidiendo confianza en el líder frente a la amenaza extranjera. Su actuación no corresponde a la de un presidente de un país de la importancia de México, parece más la de un político menor encerrado en los limites que le marca su ideología y presa de sus propias limitaciones como estadista; lejos se encuentra de estar a tono, pues para ello requeriría comprender la complejidad de la economía global y el difícil arte de gobernar respetando la ley.

El presidente atiende las crisis siempre con los mismos recursos, primero negándolas, después atribuyéndolas a un complot de conservadores y neoliberales para después disimularlas mediante cortinas de humo y biombos de retórica. Esto al presidente le funciona, pues continúa convenciendo a sus bases de que todo va bien y progresando, sin embargo, el país mantiene viejas crisis y estrena nuevos problemas, esos que no se resuelven con horas de mañaneras, frases ingeniosas o chistoretes de ocasión.

El infoentretenimiento y el humor funcionan bien en campaña, le generan al candidato popularidad y eventualmente revelan autenticidad y cercanía, pero son inadmisibles en un contexto de crisis o en medio de la gestión de temas delicados que comprometen el interés nacional. La comunicación política va más allá de lograr popularidad, su uso correcto y responsable es la primera condición para resolver problemas y controversias; hay una gran diferencia entre los líderes que se valen de ella para construir conceso y los que la usan para polarizar permanentemente.

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