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Guerra de marchas

El presidente Andrés Manuel López Obrador, reaccionó a la pasada marcha del 13 de noviembre en defensa del INE, convocando a su propia marcha, una que demuestre su capacidad de convocatoria y que deje claro que nadie debe osar disputarle el espacio público y la calle. El presidente se asume como el único autorizado a convocar marchas, definir la legitimidad de las causas y la calidad moral de los que marchan.

El presidente comprueba con esta iniciativa su talante populista y su desprecio por la democracia, que implica la garantía de poder disentir, expresarse y manifestarse sin ser señalado o denostado públicamente. Para el jefe del ejecutivo es inconcebible que la ciudadanía marche en defensa de cualquier cosa contraria a sus designios; actúa no como el presidente de todos los mexicanos, sino como un líder social en combate que renueva una y otra vez la cruzada contra los infieles apóstatas.

El presidente reacciona como un viejo priista que apuesta al corporativismo, la movilización de las clientelas y el uso de recursos del estado para organizar actos de autoproclamación y celebración del poder unipersonal. La convocatoria a la marcha presidencial está más cerca de una reacción adolescente que de la de un estadista preocupado por resolver los problemas del país.  El actuar del mandatario pareciera corresponder a la polarización propia del siglo XIX, definida por el enfrentamiento entre liberales y conservadores, que a la necesaria conciliación y respeto a los derechos de las minorías que demandan las democracias del siglo XXI.

A nuestro presidente no le gusta el fair play, pues prefiere ser un Neymar de la política que un caballero respetuoso del rival y las reglas del juego. Su actividad principal no es el diseño de políticas públicas que resuelvan los grandes problemas nacionales, sino la promoción de su propia persona y la de su candidata a la presidencia de la república. El presidente no repara en lo absurdo de que López Obrador encabece una marcha en favor de López Obrador.

El presidente con su convocatoria nos trata de decir que su marcha es la oficial, que no hay acto ciudadano legítimo que no provenga de él y sólo él, que los parámetros de éxito sólo el presidente los define y que el Zócalo es el indicador único y oficial para determinar el volumen de una concentración. El presidente olvida que hay mediciones que podemos reconocer como válidas e imparciales, pues están basadas en tecnología y algoritmos, como la llevada a cabo por Google acerca de la marcha del 13 de noviembre. Google reportó que en la marcha habían participado 810 mil 378 personas; si atendemos a esta cifra, esa cantidad de participantes bastaría para llenar 7 u 8 zócalos.

Más allá de lo cuantitativo, la marcha del presidente carecerá de espontaneidad, veracidad y lucimiento, pues se realizará producto de otro arrebato presidencial, promovida y gestionada con recursos del estado y cuyo resultado dependerá no solo de sus auténticos simpatizantes, también de que gobernadores, alcaldes y el propio Morena cumplan con las cuotas de participación que se les impongan.

De vuelta a las marchas promovidas por el oficialismo como en los tiempos de Díaz Ordaz o López Portillo, el país continuará en la polarización que al presidente parece gustarle tanto. Las marchas según AMLO, son de su propiedad y cualquier otra que no provenga de su marca será puesta en cuestión y menospreciada desde las mañaneras y otros foros a cargo de sus incondicionales.

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