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Política como historia y viceversa

Para entender a Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, tan sólo hay que poner atención a frases, reflexiones y desvaríos que se dan cotidianamente en las mañaneras. En medio del alud de retórica hay afirmaciones reveladoras que desnudan al personaje y lo definen desde sus propias palabras. La abundancia del discurso incluye su propio retrato, sus motivaciones profundas y las claves de su actuar y desempeño.

En una de tantas mañaneras, López Obrador afirmó que, de todas las definiciones de política, la que más le gusta es la que la define como: “hacer historia”.  Su predilección por esta noción de lo que implica hacer política arroja luz sobre como el presidente ve su oficio, a sí mismo y a su labor como jefe del ejecutivo.  Creyendo que la mejor manera de hacer política es hacer historia, el presidente se ha entregado en cuerpo y alma a ello. Desde esa lógica, su paso por la presidencia no tiene que ver con la política pública o la resolución de problemas, sino con asegurar su lugar en la historia.

Viéndose a si mismo como un prócer, López Obrador no concibe su trabajo si este no lo lleva necesariamente a inscribir con letras de oro su nombre en el directorio de los héroes nacionales. Desde la misión de la trascendencia histórica, no caben distractores, así sea el COVID, la inseguridad rampante o la preservación de los recursos naturales. La misión es suprema y es épica, como toda gesta histórica lo demanda.  Su trabajo es forjar un mito, heredar una narrativa que dure más allá de ciclos sexenales y generaciones completas. Nada debe de impedir el curso de la historia, ni los malos resultados, ni la realidad aguafiestas que, con la palidez de los hechos, quiere contradecir el brillo de la convicción patriótica y la fe absoluta en el líder.

Esta interpretación de la política resulta tremendamente peligrosa, pues actúa en contrasentido a un verdadero plan nacional de desarrollo. Esta visión de la política como imperativo histórico, como puente a la gloria, se opone a la política efectiva y puntual que quiere remediar problemas y construir programas eficientes más allá de lo clientelar. El que quiere pasar a la historia pensará en un camino para ello y no en resolver lo que la realidad le presenta a su paso. El que quiere ser parte de la historia se obsesionará con ello, perdiendo todo tipo de brújulas y horizontes.

Esta trascendencia histórica anhelada se operacionaliza para López Obrador a través de grandes y monumentales obras: segundos pisos; trenes que recorren el sureste de México reivindicando la cultura Maya; refinerías que aseguran a un tiempo soberanía y goce perene de la riqueza petrolera;  aeropuertos que no apuestan por la conectividad, pero si por ser monumento al combate del neoliberalismo, y es que a quién le hacen falta certificaciones aeronáuticas cuando tenemos un recordatorio permanente de que se derrotó al conservadurismo y a todas sus tramas.

No hace falta una política pública bien diseñada y profesional, si al final del camino lo que dará el pase a la historia es la imagen de un presidente dando becas, apoyos y recursos a los más pobres; aunque esto no les sirva para salir de su permanente pobreza. Desde la obsesión por pasar a la historia, el respeto a los fundamentos del estado y la democracia resultan asuntos menores, parte de la politiquería y la estrategia legaloide. “No me vengan con que la ley es la ley” es la síntesis de una visión que no repara en aquello por lo que: héroes, ciudadanos, líderes sociales, activistas, y periodistas lucharon largamente para lograr un auténtico estado de derecho.

El boleto para la galería de la historia de López Obrador es personal e intransferible, pretende instalarlo a él, y sólo a él, en el olimpo de la posteridad. Los mexicanos de a pie, los de la vida cotidiana, habremos de seguir debatiéndonos con la realidad para que esta no acabe por arrollarnos.

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