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Revocación de Mandato

La revocación de mandato del presidente Andrés Manuel López Obrador implica una seria reflexión sobre lo que este ejercicio aporta a la ciudadanía y a la democracia misma. Presentada como una acabada expresión de la democracia participativa, la revocación de mandato ha quedado reducida a otra pieza de performatividad política, cuya motivación más clara es la propaganda que al presidente le gusta hacer de sí mismo y de su proyecto.

Este ejercicio debería ser un evento ciudadano, en donde la sociedad civil pueda expresarse e involucrarse en sus diferentes etapas; sin embargo, en las actuales condiciones el papel del ciudadano quedará reducido al de un votante movido por la polarización, el acarreo y en el mejor de los casos, por el apoyo bien intencionado de los seguidores más incondicionales.

Este tipo de iniciativas presidenciales suele rendir múltiples utilidades para el jefe del Ejecutivo. Su operación política está diseñada para que él sea el único y contundente ganador en cualquiera de los escenarios posibles. Entre los usos más redituables de la consulta para el presidente, están: el refrendo de su popularidad, el relanzamiento de su proyecto, la obtención de nuevas betas de legitimidad y desde su perspectiva, el legado de una herramienta histórica para que los ciudadanos se liberen de los malos gobernantes. Entre los usos de menor rédito —a partir de una participación modesta o una movilización poco nutrida— están: golpear al INE en su imagen y prestigio, culpar a los medios de comunicación, seguir desacreditando a las clases medias y elaborar una denuncia más de complot o golpe blando. De manera que, por donde se vea y aunque sea absurda, la consulta es más que productiva para el presidente.

AMLO en sentido estricto no fortalece la democracia, por el contrario; para sacar adelante esta iniciativa en los términos que a él le convenían ha promovido la violación de la constitución y la ley electoral, ha amedrentado al INE, ha promovido la falsa idea de que consultas como esta fortalecen la participación ciudadana y representan una oportunidad para que sus opositores consigan que deje su puesto. Tal y como está siendo ejecutada, con un menor número de casillas y con una ilegal promoción que el presidente y morena hacen del proceso de revocación, pierde su valor y su brillo, se convierte en una consulta más sin trascendencia alguna, pues no agrega valor real a la democracia; sirve tan sólo para alimentar la narrativa del presidente y de su pretendida transformación.

La agenda del presidente está muy lejos de responder a los problemas centrales de los mexicanos, tiene que ver sobre todo con su deseo de pasar a la historia y la visión que tiene de sí mismo. Bajo esta lógica, sus decisiones no son de carácter técnico, no atienden lo urgente o lo importante para la población, no tienen como marco la ley, no son más que la expresión de un hombre que no se aleja de su propia hoja de ruta, de la versión soñada de sí mismo, aunque estas decisiones al final del camino empeoren las cosas y operen en detrimento del país y sus instituciones.

Con la revocación de mandato López Obrador busca obtener una segunda dosis de legitimidad, aquella que no ha refrendado con resultados y cumplimiento de promesas. Al no poder resolver los problemas del país, se concentra cada vez más en su propio proyecto, nada más alejado del espíritu del servicio público y del objetivo para el que fue electo.

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