Punto y Seguido

Utopía lopezobradorista

El furor del lopezobradorismo ha penetrado mentalidades de todo tipo.

Uno entiende a los jóvenes que depositan su fe en la promesa de un México más justo, transparente y valiosas oportunidades; también se entiende la cargada de los que van por un puesto público o, de perdida, verse incluidos en la nueva repartición del poder y sus mieles. Me cuesta trabajo entender a los viejos de mi generación haciendo malabares intelectuales para mantenerse impertérritos e inconmovibles en su decisión de votar por López Obrador. Tan fácil que les resultaría una pizca de humilde honestidad: “Si ya sabemos cómo gobiernan los otros, voy a votar por él para ver qué sale”.

Hablo de humildad y honestidad porque en sus malabares se traicionan a sí mismos. Se evaden en lugar de afrontar. Juegan el viejo y fracasado juego de la utopía y le dan un manto de sobriedad analítica con lo que acaban enfatizando su patetismo.

He recuperado algunos párrafos de Isaiah Berlin.

Uno: La idea de una sociedad perfecta constituye un sueño muy antiguo, motivado ya sea por los males del presente, que llevan a los hombres a concebir cómo sería su mundo sin aquellos —a imaginar un estado ideal en el cual no hubiera miseria ni codicia, posibilidad de pobreza o temor o trabajo embrutecedor o inseguridad—; o bien estas utopías son ficciones construidas deliberadamente como sátiras, dirigidas a criticar el mundo real y a provocar vergüenza en aquellos que controlan regímenes existentes, o en aquellos que los sufren con demasiada mansedumbre; o tal vez constituyen fantasías sociales: simples ejercicios de la imaginación poética.

Dos: Hay pensadores que creen que la edad de oro está aún por venir. El profeta hebreo Isaías nos dice que «en los últimos días» los hombres «convertirán sus espadas en arados, y sus lanzas en podaderas; las naciones no levantarán sus espadas contra las naciones, ni se adiestrarán más en la guerra… el lobo por igual vivirá con el cordero, y el leopardo yacerá con el cabrito… el desierto se regocijará, y florecerá como la rosa… y la pena y los lamentos desparecerán». De igual manera, San Pablo habla de un mundo en el cual no habrá ni judío ni griego, ni macho ni hembra, ni esclavo ni libre. Todos los hombres serán iguales, y perfectos a los ojos de Dios.

Tres: Nadie puede construir una morada duradera en este valle de lágrimas: porque no somos sino peregrinos aquí abajo, buscando ingresar a un reino que no es de este mundo.

Cuatro: Se afirma que, a menos que podamos concebir algo perfecto, no podremos entender lo que significa la imperfección. Si, por ejemplo, nos quejamos de nuestra condición aquí en la tierra a raíz de los conflictos, la miseria, la crueldad, el vicio —»las desventuras, locuras, crímenes de la humanidad»—, si, en suma, declaramos que nuestro Estado dista de ser perfecto, esto se hace inteligible sólo mediante la comparación con un mundo más perfecto; es mediante la medición de la brecha entre los dos que podemos medir el grado en el cual nuestro mundo queda corto. ¿Queda corto de qué? La idea de aquello de lo que queda corto es la idea de un Estado perfecto. Esto, creo, es lo que subyace en el pensamiento utópico, y por cierto en gran parte del pensamiento occidental en general; de hecho, parece fundamental en él, desde Pitágoras y Platón en adelante.

Cinco: Meticulosos trabajos hechos por entomólogos consiguieron identificar en algunos hormigueros a los miembros más trabajadores y a los más propensos a la ociosidad, permitiendo así un experimento interesante. ¿Qué pasaría si, habilitando unas oportunas reinas, las hormigas más laboriosas fuesen reunidas en alguna colonia separada, y las más ociosas en otra? Una lógica lineal sugiere que el primer hormiguero progresará en alto grado, y el segundo se hundirá muy deprisa en la miseria. Con todo, nada parecido sucede. Los rendimientos de cada población resultan no muy distintos, y ligados básicamente a las relaciones de cada uno con su entorno, porque en ambos casos la uniformidad experimenta una bifurcación.

(Ver: La declinación de las ideas utópicas en occidente. El último párrafo es de Antonio Escohotado, en Caos y orden)

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