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Don Luis

Mientras recorría el año 100 de su vida, don Luis Ugalde Monroy salió de entre nosotros la mañana del sábado 4 de enero de 2025. ¡Cuánta historia no le cupo a un siglo entero! Pasó ante su mirada una sucesión inusitada de cambios en el mundo. México se movía a otra velocidad: eran días en que la prensa escrita reinaba en la comunicación, pues la radio gateaba, a la televisión le faltaban todavía 25 años y para que el internet empezara a colonizar nuestras vidas tenían que trascurrir nada menos que 75. Bueno, apenas siete años atrás había culminado la Primera Guerra Mundial, estaba el país a las puertas de la Guerra Cristera y faltaban cuatro años para que, en Querétaro, fuera creado el PRI.

Tuvo don Luis larga y fecunda vida, y hasta el final mantuvo intacta su memoria y su vitalidad física, pues nunca dejó de caminar; su buen humor y su impulso por nuevos proyectos parecían los de un joven eterno. Recibió el orden sacerdotal en 1951 y pronto convirtió al cooperativismo en el eje de su compromiso social. Organizar al pueblo para que se apropiara de su economía, constituyó el eje de su activismo. Eso lo llevó a dar forma a las cajas populares –en la actualidad algunas con penosas distorsiones–, concebidas para que la gente no cayera en las garras de la codicia bancaria.

Don Luis fue un disidente y un desobediente que rompió moldes. Aquí, al menos tres estampas. En cuanto a la primera, que tiene que ver con lo dicho antes, asumió que el trabajo de un sacerdote está mutilado si se reduce a la predicación: debe meter las manos en proyectos concretos e involucrarse en su organización. Con sus actos se propuso materializar uno de sus móviles: contribuir a la construcción de la democracia, es decir, devolverle al pueblo su condición de soberano. Decir y hacer esto en los años 50, 60 y 70, en plena Guerra Fría, era “infiltración comunista”.

En 1975, el obispo Alfonso Toriz Cobián cedió a las presiones del capital y acabó por retirarle a don Luis sus licencias ministeriales. Quedó como un cura proscrito, en momentos en que decenas los clérigos abandonaban el ministerio o eran suspendidos. En una carta de 2022 al Papa Francisco, hizo suya la reflexión de uno de esos curas: la pastoral en Querétaro era “ultratradicional, pasiva ante costumbres indignas de un pastor”, pues mantenía, “especialmente a pueblos indígenas, esclavos de hábitos culturales contradictorios con los avances en la visión de una Iglesia comprometida con la dignidad humana”.

Su activismo encontró eco en la Universidad Autónoma de Querétaro y con su impulso se creó, a mediados de los años 80, la carrera de cooperativismo, transformada después en Licenciatura en Gestión y Desarrollo de Empresas Sociales, también con penosas distorsiones en perjuicio del espíritu cooperativo. Desde luego, las organizaciones que aglutinan a las cajas populares reconocieron su aporte y hasta el final de sus días, destacadamente la Caja Florencio Rosas, editó sus libros y lo incorporó como asesor cotidiano.

Una segunda cuestión tiene que ver con su vida personal a partir de su expulsión, en 1975. Cuando por su labor social recibió amenazas de muerte, optó por prevenirse y aceptó el consejo que en forma de regalo le dio una tía, y eso lo llevó a portar una pistola entre sus ornamentos. Bajo el episcopado de don Mario de Gasperín, a principios de los 90, le fue concedida por Roma lo que en términos eclesiásticos se denomina “reducción al estado laical”, quedando en condiciones de contraer matrimonio bajo las normas católicas, lo que hizo en Peñuelas en una ceremonia presidida precisamente por el párroco Fidencio López Plaza, el actual obispo diocesano. Y lo hizo con una mujer que vivía una historia paralela: monja disidente y comprometida también con el cooperativismo.

María Esther Durán Ortega perteneció a las misioneras marianas y en tres libros dejó su testimonio. El último ya no pudo presentarlo, pues murió en 2019. Cuando en alguna ocasión, estando casado, se le planteó a don Luis la posibilidad de reintegrarse al ministerio, fue tajante: “así como no dejé cajas populares, tampoco dejaré a mi esposa”, que había sido leal y firme soporte de su estabilidad emocional en los días difíciles y también en los días de paz.

Dada su familiaridad con la eternidad, la institución católica suele tomarse las cosas con calma y fue hasta 2022 cuando, ya al frente de la diócesis de Querétaro, don Fidencio López Plaza le planteó a su antiguo maestro el deseo de que volviera al cuerpo presbiteral. Y ésta es la tercera estampa. Al consumarse su rehabilitación, fue reparada la injusticia histórica de 1975 –el 17 de mayo próximo se cumplirán 50 años–, y su retorno fue por la puerta grande, pues tuvo como marco el 158 aniversario de la fundación de la diócesis y una multitudinaria asamblea de los consejos parroquiales de pastoral en la Basílica de Soriano, con la participación del pleno del presbiterio diocesano.  

Con vehemencia, ante todos los presentes, don Luis reiteró el espíritu que guio su largo activismo y demandó “poner el poder de la iglesia en función del pueblo”, el correlato de su pasión cooperativa, consistente en poner el “capital en manos del pueblo”. En días en que el ateísmo gana terreno, no cesaron sus cuestionamientos a los curas “dinereros”, burócratas sagrados que pronuncias homilías aburridas y que, encima de todo, son movidos por ideas conservadoras que el pueblo mexicano ya repudió.

El último año de su vida asistió con satisfacción a la ratificación popular del movimiento social que se hizo del poder en 2018, pero también sintió dolor por los no pocos sacerdotes que, en Querétaro y en varias partes del país, abusaron de su investidura para combatir desde el púlpito, en muchos casos con distorsiones y hasta con mentiras deliberadas, la ruta de transformación que puso en el centro la reivindicación de los pobres. Favorecer opciones políticas de derecha, privatizadoras y opositoras de los derechos sociales explica, en parte, la pérdida de feligresía católica.

Pero en lugar de que eso mermara su buen ánimo, lo asumió como un reto, mantuvo la columna diaria que escribía desde 1973 en el diario Noticias y se entregó a la escritura del que sería su último libro, que tituló “Cooperativismo: manifestación humana de la ley que rige el universo. Contribución de México a la cultura cooperativa”, cuya escritura terminó en septiembre, y que incita al lector a entregarse a la exploración maravillada del universo para descubrir cómo nada en él obedece ni a la competencia ni a la ganancia, sino a la cooperación y a la alegre celebración de la vida.

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