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El “paper” perfecto

El profesor no era un improvisado. Era un buen profesor: preparaba clases con cuidado, discutía bibliografía reciente y sabía formular preguntas. En su oficio –decía– la mitad del trabajo consiste en preguntar bien. Por eso, cuando decidió hacer una prueba con una inteligencia artificial, no escribió una ocurrencia. Redactó un encargo claro y preciso. Sabía que un buen “prompt” equivale a una buena pregunta de investigación: delimitar el problema, fijar marco teórico, exigir argumentos y no adjetivos, pedir límites y no entusiasmo. Lo hizo con la disciplina de quien está acostumbrado a pensar antes de opinar.

Instantes después apareció en la pantalla un ensayo impecable sobre populismo contemporáneo. Tenía estructura lógica, citas pertinentes, hipótesis delimitada y conclusiones prudentes. No era brillante ni original. Era correcto. Exactamente correcto: el tipo de corrección que en muchas revistas ya es suficiente.

La primera emoción fue alivio. La máquina había entendido la pregunta. Funcionaba. La segunda fue más incómoda, cercana a la vergüenza. Si aquello era formalmente irreprochable, ¿cuántos artículos que circulan en congresos no operaban dentro del mismo molde? ¿Cuántos textos celebrados por su “solidez metodológica” eran, en el fondo, ejercicios de cumplimiento disciplinado?

En los pasillos universitarios se invoca la originalidad con fervor, pero se vigila el formato con mayor severidad. Se habla de pensamiento crítico mientras se revisan índices de impacto y cuartiles. Se presume la “metodología robusta” como salvoconducto moral. Los artículos se citan entre sí con cortesía recíproca. Nadie falsifica datos; simplemente se habita un protocolo que premia la repetición elegante y penaliza el riesgo torpe. La inteligencia artificial no hizo más que obedecer ese protocolo con eficacia ejemplar.

Lo inquietante no es que la máquina piense –no piensa– sino que pueda escribir con solvencia dentro de un esquema que muchos humanos ya ejecutaban casi mecánicamente. Si un algoritmo produce un texto académicamente impecable en minutos, quizá lo que se estaba defendiendo no era el pensamiento profundo, sino el prestigio asociado al formato que lo envuelve.

Y Querétaro, con su crecimiento acelerado y su competencia universitaria por prestigio, ofrece un espejo útil. Se anuncian convenios, se celebran rankings, se contabilizan productos académicos. Mientras tanto, la ciudad discute desigualdad, polarización, jornada laboral, vivienda, movilidad. La producción científica aumenta; los indicadores suben. Pero la realidad no siempre acusa recibo de tanta publicación.

El profesor cerró la computadora con una sospecha sobria. No temía ser reemplazado. Le inquietaba algo más estructural: que la verdadera amenaza no proviniera de la inteligencia artificial, sino de la comodidad institucional que convirtió el pensamiento en trámite. Una oficina produce documentos impecables. La universidad debería producir preguntas incómodas. La diferencia no siempre cabe en formato APA.

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