“En ajedrez juegan hombres …

de carne y hueso, no piezas de madera”. La frase (machista para los estándares actuales) es de Emmanuel Lasker, campeón mundial de ajedrez por 27 años, filósofo y doctor en matemáticas. Lasker fue el primer jugador que atribuyó un valor importante a las emociones cuando sus adversarios pensaban en influencias magnéticas, en artes guajiras, en mesmerismo. El genial alemán invitaba a sus rivales a llevarlo al borde del abismo, sin embargo, el gran Lasker, mentalmente más fuerte, tuvo muchas posiciones objetivamente perdidas que llegó a empatar o a ganar.
Aunque tildado de ser un juego eminentemente racional, en ajedrez las emociones son las que dictan las jugadas y no están ausentes en quienes juegan, como afirma Jonathan Rowson en su libro, “Los siete pecados capitales del ajedrez”. Los ejemplos sobran.
“¿Por qué he de perder con este imbécil?” – gritó Aaron Nimzovitsch, trepado en la mesa de juego después de perder contra Frederick Sämisch la partida y el primer puesto de un importante torneo con jugosos premios en metálico.
El estonio Paul Keres fue uno de los mejores jugadores de la historia. Con la fuerza de un campeón mundial, derrotó a los legendarios Tal, Spasski, Botvinnik, Capablanca, Alekhine. Keres, de talante agresivo era también conocido por su extraordinario don de gentes. Famosa es su anécdota al consolar al niño Robert Fischer cuando éste, de 15 años de edad, lloraba sin consuelo luego de perder contra el soviético: “Bobby, no llores. Yo también puedo ganarte una partida”.
Torneo mundial blitz 2024 celebrado en Nueva York. Se enfrentan la leyenda Vassily Ivanchuk de 54 años de edad, querido y admirado jugador contra el estadunidense Daniel Naroditsky. Luego de un juego muy complicado Ivanchuk agota su tiempo de reflexión. Naroditsky señala el reloj en cero. A instante Ivanchuk se lleva las manos a la cabeza y rompe a llorar, gritando como un niño. La imagen es dramática. El mismo vencedor, desconcertado, se cubre el rostro. Parece también abrumado por haber conseguido el triunfo.
Magnus Carlsen, el mejor ajedrecista de la historia da una clase magistral de estrategia al joven campeón mundial, el indio Gukesh Dommaraju en el torneo Norway Chess 2025. En el apuro de tiempo, el noruego hace dos muy malas jugadas. Gukesh responde adecuadamente y queda con la partida ganada. La rabia se apodera de Carlsen y violentamente estrella el puño contra la mesa, haciendo saltar las piezas. Gukesh, asustado, se levanta de su silla. Carlsen se percata de ello y abandona la sala de juego, dando una amistosa palmada en el hombro a su rival, aunque con toda la rabia del mundo dentro de él.
El caso más reciente de emociones “a corazón abierto” sucedió en la copa mundial de ajedrez de mujeres de 2025. En la final del torneo, se enfrentan las indias Divya Desmukh y la histórica Humpy Koneru, excampeona mundial. Divya está a una jugada de coronar un peón, y Koneru le estrecha la mano, indicando el abandono. Divya apenas puede contener la emoción y cubre su rostro con las lágrimas a punto de saltar de sus ojos. Con la mirada busca en la sala de juego a su madre, quien acude a abrazarla. La joven india no puede contenerse más y protegida por esos brazos harto conocidos tiembla, llorando sin consuelo. “En ajedrez juegan personas de carne y hueso, no piezas de madera…”.



