La domesticación del pensamiento crítico

Presentarse como “crítico” se ha vuelto una credencial moral instantánea. Suena bien: basta decirlo y uno queda automáticamente del lado de la lucidez. El problema es que, en la práctica, muchas veces ni es pensamiento ni es crítico: es consigna disfrazada.
También implica cuestionarse a uno mismo, revisar las propias creencias, aceptar la posibilidad de estar equivocado y aplicar el mismo rigor que exigimos al gobierno, a la oposición o a cualquier tribu ideológica. Eso duele, porque significa reconocer contradicciones en el reflejo de nuestro espejo.
El pseudo-crítico, funciona distinto. Tiene un repertorio de frases automáticas:
Todo Estado oprime… salvo cuando es “nuestro” Estado.
Todo empresario explota… salvo cuando financia la causa que apoyamos.
El pueblo siempre tiene razón… incluso cuando miente, lincha o calla.
El caso de Adán Augusto López y la llamada “Barredora” es ilustrativo. En 2022, las filtraciones del colectivo Guacamaya mostraron que la SEDENA tenía información detallada de las operaciones criminales en Tabasco. ¿Qué hicieron muchos de los que se autoproclaman críticos del sistema? Callaron. Se criticó con severidad a los conservadores, se acusó a los neoliberales, se sacudió a los opositores, pero se absolvió al compadre incómodo. Aquí el “pensamiento crítico” no se aplicó parejo: funcionó como blindaje tribal.
Este doble rasero no es nuevo. El filósofo Henryk Skolimowski hablaba de espirales de conocimiento: giros cerrados donde uno se reafirma en lo que ya cree. La crítica se convierte en espejo: no ilumina, sólo confirma. El resultado son solipsismos placenteros: pequeñas burbujas donde pensamos menos para descubrir y más para celebrarnos.
De ahí surgen narrativas cómodas:
La ciudad romántica. Ese barrio que nunca fue tan puro, idealizado como paraíso perdido antes de la gentrificación.
El pueblo incorruptible. Como si las comunidades carecieran de pleitos internos, caciques o desigualdades.
El pasado edénico. Un ayer inventado donde todo era solidaridad y dignidad, cuando la historia real está llena de traiciones y arreglos pragmáticos.
El futuro providencial. Proyectado más con aspiraciones egoístas que con probabilidades reales: la utopía como autoayuda política.
En la academia la historia es parecida. El pensamiento crítico se convierte en contraseña tribal. Se citan a Foucault, Žižek o Butler como conjuros, se pronuncian palabras de moda (“hegemonía”, “interpelar”) y se evita la duda como si fuera herejía. Importa más sonar crítico que pensar con rigor. Y así, lo que debería ser un espacio de exploración se transforma en un ritual de pertenencia.
El pensamiento crítico no canoniza al oprimido ni convierte la disidencia en garantía de lucidez. No basta con estar abajo para tener razón, ni con disentir para ser lúcido. Ese pensamiento incomoda porque obliga a revisar nuestras propias certezas. Puede revelar que hemos sido crédulos, manipuladores o cobardes. Puede mostrar que la indignación moral encubre flojera intelectual. Y puede dejar en claro que nuestros aliados no son menos contradictorios que nuestros adversarios. Quien se atreve a incomodar pierde tribus, aplausos y lectores, pero sin esa incomodidad, la crítica se degrada en consigna.
En un tiempo donde la indignación se volvió espectáculo y la consigna sustituyó al análisis, quizá la forma más radical de pensar sea ésta: incomodarse uno mismo antes de acusar al vecino. Sólo entonces, y con suerte, el pensamiento crítico dejará de ser mito para ser práctica.

