A QUIÉN LE VA MEJOR

“A nosotras las necesidades nos muerden los talones”, dice mi mamá. “No tenemos la ventaja de los ricos: si ellos flojean por un año o más, ya lo repondrán; en cambio, a nosotras no nos perdonan ni un día: no recuperamos el tiempo perdido, por más que le hagamos”. Antes no entendía lo que decía; después me di cuenta de lo sabio de sus palabras.
El domingo, mi mamá invitó a dos vecinas con nosotras. También yo estuve en la cena, pero no dije nada; quería oír sus experiencias.
La primera en hablar fue Isa, de 43 años: “nací cerca de Dolores. Mis papás me hicieron estudiar: ‘si no sabes leer ni escribir, no puedes nada: para todo dependes de otros’. Y como no había secundaria en el rancho, al terminar la primaria, me fui a San Miguel, a casa de mis tíos. Aunque fuera una carrera corta, allá estudiaría. Mis papás ya no me pudieron ayudar; y yo todavía no me mantenía sola. Me contrató una pareja, para cuidar a una anciana, mamá del señor. Fue cuando más lamenté ya no ir a la escuela: necesitamos poder dirigir nuestra vida”.
“Después de dos años, mis patrones no me subían el sueldo ni me daban lo básico, como seguro social, seguir estudiando y esas cosas. Al revés: la señora me exigía más por la misma paga; su suegra, demasiado vieja, dependía de mí por completo. Los señores querían disponer de mi vida como si fueran mis dueños. Fue cuando pensé: ‘aunque necesito trabajar, pero no soy su esclava’. Veía a las muchachas de otras casas; estaban mejor que yo, pero sus patrones las amenazaban con regresarlas a su pueblo si no los obedecían. ¡No, señor!, las sirvientas no somos inferiores a nadie, aunque no hayamos estudiado. Cuando conocía a unas personas que, en Querétaro, luchaban por la liberación de las mujeres, me vine de San Miguel. En ésas ando ahora”.
Enseguida inició Olga su historia. Iba de civil, por lo que aclaró: “Soy policía, pero vine sin uniforme. En mis 25 años de servicio, he hecho muchos recorridos en patrulla, aunque me gusta más andar a pie, en la calle”. Fue cuando le pregunté: “¿por qué, si eres policía, no te vemos en las rondas en el barrio”; ella dijo: “en el equipo, los agentes dan el servicio lejos de donde viven, para no tener problemas con los vecinos”.
“Cuando entré a la policía, muchos decían que eso no era para mujeres. En realidad, es un mito, aunque varios uniformados opinan lo mismo. Por eso, algunos compañeros todavía nos agreden. Hoy es normal que nosotras portemos el uniforme, y somos casi mita y mita, pero antes había dos mujeres por cada 30 solicitantes. No hay actividades sólo para ellas o para ellos. Lo bueno es que, aunque tengo mucho trabajo, porque estoy a cargo de la inspección general, ya no ando en la calle. Llegar a donde estoy me ha constado mucho, porque para nosotras es una carrera de obstáculos”.
Entre mi marido y yo, les hemos dado estudios y vida digna a mis dos hijos. Ya están por titularse. Gracias a Dios, he podido conjuntar mi vida personal con la laboral, aunque no es fácil. Cuando una sale a la calle con el uniforme, todas corremos el mismo riesgo que los demás policías. Al ir a vigilar algunas marchas feministas, lo recuerdo como si fuese hoy, las manifestantes nos consideraban traidoras. Ahora, algunas hasta nos ofrecen flores o nos abrazan durante la protesta. Muchas también queremos manifestarnos, pero el uniforme nos obliga a obedecer a nuestros mandos. Después de todo, debemos cumplir un servicio público, y seguimos siendo mujeres”.
Al finalizar la reunión, yo seguía sin decidir a qué me habría de dedicar. Pero sí quería construir otro mundo.

