ColumnistasSe dice en el barrio

Nada más es mío

Todavía adolescente, quedó embarazada de su novio ‒también menor de edad‒. Ya llevaba varios días que no le bajaba; entonces le preguntó a Toñita si podría ser que… La amiga le preguntó si no sería que estaba embarazada, y la llevó al médico. Después de una revisión directa y de unas cuantas preguntas, él se lo confirmó. Al oírlo, no supo qué hacer: si llorar de vergüenza o reír de alegría, pero no dijo nada. Ya en la tarde, sentada en la banca con Andrés, su novio, le platicó lo que dijo el doctor. El novio se puso serio y la miró, mientras se limpiaba de la boca los restos del helado. Ella desvió la atención hacia dos perros que jugaban a corretearse; luego, volvió los ojos al muchacho y le preguntó: “¿Qué? ¿No te da gusto que vas a ser papá?”. Con dureza, él respondió: “¿No te cuidaste?”. A ella se le nubló la vista. Poco más tarde, en su casa, le urgía irse a la cama; no decirles nada a sus papás.

Acostada, no podía dormir, por más intentos que hacía. Ni siquiera podía idear un plan para arreglar su situación. Fue cuando hizo conciencia de que estaba aterrada. ¿A qué tanto le temía? “No quiero decirles nada a mis padres. No sé qué me van a hacer, después de que tantas veces hasta me amenazaron con echarme de la casa a patadas, si les salía con mi «domingo siete». Me siento perdida y sola, aquí, en Durango, en mi propia ciudad. Si todos me conocen, ¿qué me puede pasar? No quiero que mi gente me condene. ¿A ver?, ¿por qué caí a las primeras?”. Con ese pesar que le oprimía el pecho y la ahogaba, se fue quedando dormida. Soñó que, al otro día, Andrés, arrepentido, le pedía perdón y le decía que lo había recapacitado: “Somos dos padres jóvenes valientes y decididos contra el mundo”.

Anhelante, desde temprano, al día siguiente, esperó que Andrés llegara y le ofreciera su fuerza. Fue en vano. Pasaron los días. Él desapareció, y no se supo nada más del joven.

La invadió el terror. Sólo pensó en ocultarse o, mejor, en desaparecer, perderse de los demás, donde no supieran de ella. Así llegó a Querétaro. A sus parientes les había dicho que le habían ofrecido trabajo en el Bajío y que le pidieron que acudiera a una entrevista.

Llegó a vivir al barrio. Ya acá, su embarazo se hizo evidente. Tuvo la fortuna de conocer a Ofelia, enfermera en el hospital civil. Ella fue quien la metió a un programa temporal de parto para mujeres de paso, cuando nació el niño. Después, la pasaron a otra cama. Como no conocía a nadie más en la ciudad, después de un rato, Edelmira se dijo que Ofelia era de fiar. La llamó y le confesó: “No sé qué hacer con mi niño ni cómo regresar a mi casa con él; mis papás me comerían viva. ¿Aceptarías quedártelo, ya que tú no tienes hijos? Te he estado observando y veo que tus pacientes te buscan mucho, te quieren de verdad”.

Esa noche, Ofelia habló largo con su marido. Al final, ambos decidieron adoptar al niño. Al día siguiente, se lo comentó a la madre adolescente. Ella juntó todo lo que había comprado para el pequeño y le hizo un envoltorio. Tomó en sus brazos al niño y se dirigió, entre sollozos y arrastrando los pies, para darlo a la enfermera. Después, sin voltear siquiera, de prisa, salió del hospital, rumbo a la central de autobuses, para regresar a Durango.

Tres años después, regresó al hospital civil, y pidió hablar con Ofelia: “entrégame al niño. No he podido tranquilizar mi conciencia, por haberlo abandonado”. La enfermera le dijo: “Es absurdo lo que quieres, después de tanto tiempo que lo tuvimos con nosotros. Ante la ley y ante los hombres, mi marido y yo somos los verdaderos padres”.

Sin perder el ánimo, Edelmira les dijo: “lo siento” y, con un gesto de decisión, añadió: “en realidad, no importan las razones de ustedes. Sólo a mí me asiste el derecho sobre el niño, porque soy la madre biológica, y los lazos que unen a hijos con sus padres no se pueden romper por meros caprichos. La sangre llama a la sangre”.

Más tarde, fue con sus abogados y abrió un juicio. Después de dos años de haberlo iniciado, continúa el litigio. La madre biológica y los padres adoptivos siguen reclamando a su favor la razón de la ley. Siempre los acompañan los abogados, que cobran regularmente sus honorarios.

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