El perro que sobrevivió a la Navidad

Yo soy el perro de esta casa. Me llamo Beethoven, pero aquí me dicen “¡Quítate de ahí!” o “¡Sal de la cocina!”. Y desde mi esquina estratégica que es …debajo de la mesa, les voy a contar cómo es una Navidad humana, vista con ojos de perro que todo lo huele, todo lo oye y casi todo se lo quiere comer (o si no es que todo).
Todo empezó con el olor. Porque la Navidad no llega cuando ponen el árbol, llega cuando el aire huele a pavo, a manteca, a mole que lleva tres días en la estufa y a ensalada rara con manzana que nadie entiende por qué existe. Yo estaba tranquilo masticando una chancla cuando de pronto… pum, el olor. Supe que ese día iba a ser largo y lleno de drama.
Luego llegó la primera oleada: la tía encimosa con los nietos. Esa tía entra como si fuera dueña de la casa: “¡Ay, mi perrito hermoso!” y me abraza sin pedirme permiso. Llega con tres niños pegajosos que gritan, corren, me jalan las orejas y me quieren meter vestidos. ¡¡Pero yo soy macho!! Y un perro serio, no una muñeca Barbie.
Después cayó la tía del gobierno. Esa que siempre llega elegante, oliendo a oficina con aire acondicionado. Trae regalos con logos: tazas con escudos azules, libretas que dicen “Municipio de Algo 2024-2027”, plumas que dejan de escribir a los cinco minutos. Yo intenté morder una, pero sabía a pura decepción y burocracia. ¡Wuacala!
Luego el drama del año: el intercambio. Todos diciendo: “¿Quién trae a quién?” y nadie sabe. Los humanos sacan papelitos, revisan sus celulares, empiezan los reclamos. Una prima llorando porque le regalaron una crema que dice “antiarrugas” y tiene 22 años. Yo recibí una pelota… que era para el gato. Siempre el favoritismo.
Y luego en la cocina pasó la tragedia más grande: el platillo olvidado. “¿Y el espagueti de Verónica?” Silencio. Verónica aparece con una sonrisa nerviosa y dice: “Ay, es que no me dio tiempo, pero traje una gelatina”. Nadie quería gelatina. La gelatina temblaba más que yo con los cohetes.
Luego vino el momento más peligroso de la noche, la plática del testamento. Como por arte de magia, las tías se sentaron en círculo, bajaron la voz y sacaron el tema como si estuvieran invocando algo.
La tía que fuma mucho, pero mucho, encendió un cigarro que parecía faro de niebla y dijo con voz dramática:
– “Ay… es que una ya no sabe cuánto le quede a la pobre de tu abuelita…”
Tos, tos, soplido dramático de humo.
– “Y no es por interés, eh… Dios me libre… pero nada más digo que esa casa es muy grande para que se quede en el aire…”
Yo, desde abajo de la mesa, solo pensaba: ¿Y mi patio? Porque nadie ha hablado de mi patio en esa repartición.
Luego llegó la única novia de uno de mis tíos. La nueva. La misteriosa. La que nadie invitó formalmente, pero llegó igual. Se sentó derechita, bronceada, oliendo a perfume caro y preguntó:
– “¿Aquí es la cena formal o la informal?”
Nadie supo qué decir.
Me dio una galleta a escondidas. Desde ese momento la respeté.
La piñata este año fue triste. No hubo emoción. El tío se tropezó con el palo, la abuela gritó “¡Cuidado con el niño!”, y nadie atinaba. La piñata cayó sola, como si quisiera terminar con su sufrimiento. Yo fui el único que celebró.
En la cena, los humanos parecían sobrevivientes de guerra: platos desechables chuecos, sillas que faltaban, alguien comiendo de pie, otro sentado en una cubeta. El tío que repite “ya no puedo más”… pero sigue sirviéndose.
Y cuando llegaron los cohetes, fue el fin del mundo para mí. Yo debajo de la mesa, temblando, abrazando un hueso, mientras los humanos gritaban “¡Feliz Navidad!” como si eso detuviera las explosiones del cielo.
Al final todos dormidos en lugares incorrectos. La tele prendida. Un plato con un pedazo de pavo olvidado. Yo lo vi. Yo lo tomé. Yo lo merecí.
Y al final me acomodé en mi rincón favorito, con la panza redonda como pelota y el corazón calientito. Los humanos seguían hablando raro, riéndose fuerte y abrazándose sin razón aparente, pero yo ya había entendido el secreto: la Navidad no está en los regalos ni en los gritos, está en las sobras que caen al piso, en las luces que no te dejan dormir y en que, pase lo que pase, siempre hay un lugarcito tibio donde alguien te llama “buen perro” antes de apagar la luz.



