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“Disculpa, ¿tienes un cubrebocas?”

Salvo por algo menos de gente y locales abiertos, esta tarde de miércoles en el centro de Querétaro luce como cualquier tarde de miércoles en el centro de Querétaro con un sol abrasador.

Aquella mujer sobre Tecnológico siempre está allí, siempre, como si fuera parte de una viñeta: vestida con un sombrero de rafia amarilla, llevando consigo sus pertenencias en una bolsa de basura grande, con tenis, pantalón y chamarra llenas de mugre, como la superficie de su piel de unos 50 años.

Oye joven, disculpa, ¿tienes un cubrebocas?

—No, disculpe, sólo traigo este —dije, tocando el que traía puesto.

Ese, aunque sea.

Estuve a punto de reír hasta que me di cuenta de que lo decía en serio. Salvo por algo menos de gente y locales abiertos, esta tarde de miércoles en el centro de Querétaro luce como cualquier tarde de miércoles en el centro de Querétaro con un sol abrasador.

El carácter popular de la gente de este país no dejaría de sorprender a cualquier extranjero con un ojo sensible, como aquella pareja de noruegos turistas que caminaban sobre avenida Zaragoza. Un vagabundo comenzó a gritarles, aparentemente sin motivo. “No, no hicimos nada. Nos dijo espías y empezó a gritar”, dijo aquel hombre de rasgos sajones y piel rosada. ¿Qué combinación de ideas podían haber llevado a aquel hombre a decir eso al ver a unos extranjeros paseando a su perro? ¿Y espías de qué o de quién?

Tanto en Zaragoza como Constituyentes caminaba más gente que en el centro, ignorando al vendedor de cerillos, a 10 pesos el paquete; al de cubrebocas, a 5 cada uno, y al de mazapanes, a 5 cada uno; sin embargo, un local de “Perfumes con feromonas: Distribuidor autorizado” tenía a unas 15 mujeres en fila, con el portón entrecerrado. El jardín frente a Santa Rosa de Viterbo tenía sus fuentes encendidas, aunque estaba cercado. Gente con cubrebocas y sin él por aquí y por allá; letreros de “Sólo pedidos a domicilio” en un local tras otro.

Más al Centro Histórico, en el Rosalío Solano aún estaba el letrero de la última función, si es que la hubo: Mujeres del Cine Francés, a las 4, 6 y 8 de la tarde. En el callejón de atrás, una mesera, tal vez en su tiempo libre, y un hombre se besaban; a la vuelta, un vagabundo realizaba un acto autoerótico con unas páginas de El Gráfico en la mano. Otro vagabundo, que siempre se recuesta frente al exconvento de capuchinas, también se mantenía un poco más lejos del centro, sobre Ezequiel Montes. “Que le vaya bien joven”, me dijo, sonriendo.

En el jardín Guerrero había remiendos sobre remiendos en las cintas de “NO PASAR”; unas cinco personas —sin embargo, respetando esa fuerza del Estado materializada en plástico— estaban sentadas en las jardineras de una orilla, bajo el sol. Por Madero esquina con el jardín Zenea había un hombre-orquesta, tocando una multitud de objetos transformados en instrumentos. Por el ruido que hicieron el par de monedas al caer en su lata, sonaba a que no había recibido muchas.

En este circuito que se asume como el centro último de la ciudad sólo destacaban unas hileras de ‘trafitambos’ naranjas que dividían las calles Benito Juárez, frente a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y 16 de septiembre, frente a Santander y Banamex.

Hace un par de semanas, según dijo un policía frente al banco, los cajeros empezaron a “tragarse” las tarjetas; hubo filas triples de personas que no habían actualizado sus datos personales que reclamaban el que no pudieran reponérselas. Por eso los ‘trafitambos’; aunque ya no había nadie, pero la Secretaría de Movilidad no se había molestado en retirarlas, y ahora sólo había tráfico. También en la CFE hubo muchedumbres por los altos cobros en los recibos.

En el jardín Corregidora había también bancas llenas de la cinta de “NO PASAR”, y aunque había gente sentada en ellas los del programa Vigilante Ciudadano parecían esperar pacientemente a alguna provocación u acto además de que vieran sus celulares para dispersarlos. De regreso, por Zaragoza y luego por Tecnológico, la mujer seguía allí.

—Oye joven, disculpa, ¿tienes un cubrebocas? —No quise darle el penoso señalamiento de que ya me lo había preguntado.

—No, disculpe, sólo traigo este —dije, de nuevo, señalando el que traía puesto— ¿Quiere que le compre uno?

—No, no se preocupe joven. Necesito usados. ¿No trae usados?

—¿Para qué los quiere?

—No, para nada.

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