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Protestas y retenes en visita de AMLO a Querétaro

En su esquina con Universidad, dos personas con una lona llamaban a un paro nacional para el 24 de febrero, pero el verdadero “paro” ya se notaba en los locales y tiendas desiertas a lo largo de la vialidad.

“Porfa jefe, déjeme pasar, vivo aquí en Juárez”, le decía un joven cubierto con un impermeable al amable policía que mantenía un retén a una cuadra del Teatro de la República. Le negó el paso y pidió que diera la vuelta al Jardín Zenea para poder registrarse y pasar a su domicilio. “De allá vengo”, replicó aquel muchacho que se marchó indignado, empapado por la lluvia y con mirada amenazante hacia el servidor público.

La molestia de un ciudadano era lo menos que las autoridades podían esperar luego de montar un cerco por todas las calles aledañas al emblemático recinto constituyente, todo debido a la visita del presidente de la República por el centésimo tercer aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917. El mandatario que (casi) todas las mañanas se jacta de decir que en su administración no son “iguales” a sus antecesores recordó un poco a viejas prácticas de aquellos.

Toda avenida Juárez estaba cerrada al paso vehicular y los peatones sólo podían ingresar hasta ciertos puntos. En su esquina con Universidad, dos personas con una lona llamaban a un paro nacional para el 24 de febrero, pero el verdadero “paro” ya se notaba en los locales y tiendas desiertas a lo largo de la vialidad. Todo cerrado, parecía día de asueto; apenas en la conferencia mañanera, Andrés Manuel López Obrador comentó su intención de eliminar los llamados “puentes” a sus días exactos de celebración… al menos esa mañana parecía que sus deseos fueron órdenes en el primer cuadro de nuestra ciudad.

Los únicos locales abiertos eran los puestos de tortas y gorditas que nutrían a los elementos de seguridad para aguantar la jornada que tenían por delante. La intensa lluvia que afectó a Querétaro desde las primeras horas de la mañana parecía disiparse un poco, pero como dice en aquella canción de los Creedence: “Alguien me dijo que hay calma antes de la tormenta”.

En la esquina de Juárez y 15 de Mayo, un segundo retén (más estricto) ya impedía el cruce peatonal, y desviaba a los transeúntes por calles paralelas para acercarse más a las plazas principales. Una camioneta oficial se topó con los elementos de seguridad, de ella bajó una mujer que empezó a despotricar contra los azules, cuestionando “cómo era posible que no le hubieran asignado escoltas”, pero ya se encontraba rodeada por decenas de uniformados que le cedieron el paso directo al recinto constituyente.

En Corregidora y Ángela Peralta se levantó otro retén. Un hombre, una mujer y una niña pequeña cargaban una lona donde exigían al presidente tomar acciones contra el alcalde Luis Nava, según ellos por incumplir sus promesas: “Se ven bien en su disque fiesta republicana, pero no son el pueblo. Den la cara al pueblo”, replicaban los inconformes, siendo la pequeña niña quién más llamaba la atención por su voz tan aguda y acorde a su edad. Más tarde se unirían más manifestantes, entre ellos campesinos y organizaciones sociales que cantaban el Himno Nacional para exigirle al presidente sus demandas.

Un desfile de suburbans

El jardín Zenea era un improvisado puesto militar y de carpas: seis autobuses del ejército, escoltados por vehículos con artillería, se estacionaron frente al Templo de San Francisco; de ellos bajaron cadetes, hombres y mujeres, que sacaban sus uniformes de los maleteros y se cambiaban en plena banqueta: eran la escolta de honor para recibir al presidente en el momento de su llegada.

El retén en 16 de septiembre y Juárez era el más intenso, con mayor seguridad y con la presencia de muchos uniformes entre verdes y azules, aunque también era la zona con mayor actividad en locales y con gente transitando, incluyendo vendedores de impermeables que alzaron la voz cuando sintieron que las gotas de lluvia se volvían más constantes.

El sonido oficial retumbaba por todo el centro; con la voz más solemne que usted se pueda imaginar, el hombre del micrófono anunció un ensayo de la recepción al presidente. A un costado del Teatro se postró una banda de guerra, la cual entonó sus notas con distintas marchas y canciones populares para terminar con el Himno Nacional al sonido de tubas y otros instrumentos de metal. Al mismo tiempo, ya con la lluvia en un nuevo apogeo, los cadetes uniformados formaron un pasillo a lo largo de la última y se mantuvieron estoicos a la espera del primer mandatario.

En el cruce con calle Morelos empezó un desfile de camionetas Suburban del año (algunos con fuertes escoltas policiales), cada una con un letrero en el parabrisas que indicaba su estado de procedencia: eran los distintos gobernadores de la República. Los paraban una cuadra antes de llegar y con la lluvia ya en plenitud los hacían caminar acompañados de gente con traje ofreciéndoles un paraguas, algo que ciertamente parecía inútil para evitar la fría bañada.

Poco a poco la gente se juntó en las vallas metálicas junto al templo del Carmen. Un tímido joven alzaba una cartulina donde exigía al presidente la destitución de Paco Ignacio Taibo II y Alejandra Frausto Guerrero del Fondo de Cultura Económica (FCE) y la Secretaría de Cultura, respectivamente. El chico estaba empapado, su cartulina peor y ya casi deshaciéndose, pero él no cedía en su protesta.

“Probando, 1, 2, 3… sí…”, decía el sonido local para probar su calidad. Palomas y algunos curiosos se asomaban de techos y balcones. Un coro se escuchaba al fondo de la calle: “Es un honor estar con Obrador”. Una Suburban negra pasaba lentamente por el adoquín de la calle. La puerta del copiloto llevaba la ventana abajo, recibía papeles, estrechaba manos, saludaba a la gente. De la nada salieron cámaras, micrófonos y celulares que se acercaban a las barreras de metal… había llegado el invitado de honor.

Andrés Manuel llegó. De la nada salieron cámaras y micrófonos que buscaban interceptar su paso y sacar alguna declaración: “qué opina del coronavirus; qué piensa de Gertz Manero”, pero el presidente pasó de largo. La banda entonó sus primeras notas y el sonido local le dio la bienvenida. Los cadetes presentaron sus rifles con honores, pero su vehículo (a diferencia de los otros) sí llegó hasta las puertas del Teatro de la República.

Apenas pasó la camioneta, la gente que se juntó en las vallas se dispersó poco a poco, todos se retiraron por esas estrechas calles que se habían convertido en estacionamientos para autos de lujo con sus choferes durmiendo en su interior o fumando recargados a un costado de la calle. Como cereza en el pastel, o como paliativo para la dura lluvia, un hombre con sombrero de ala y cabellera larga se acercaba sonriente a los presentes: “¡ánimo!”, gritaba con entusiasmo mientras levantaba el pulgar. Un motivo para sonreír, para olvidarnos de la lluvia y para volver a la los días alegres… van dos años de gobierno; dos visitas solemnes, nos faltan cuatro.

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