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San Idefonso Tultepec: la tragedia de los pueblos indios de México

La emigración es cada día mayor.

La historia de San Ildefonso Tultepec es trágica al igual que la de muchos pueblos indios de México. Parecería que las oleadas migratorias de los desnudos del norte hacia el centro de México no se hubieran interrumpido. Esas migraciones suscitaron el desplazamiento de los grupos indígenas asentados en los espacios queretanos. A la llegada de los españoles en el siglo XVI, Querétaro era la tierra de los pames-chichimecas, tribu de cazadores recolectores. En la frontera con los pueblos indómitos y rebeldes de la región septentrional y de Aridoamérica se encontraba la provincia de Xilotepec, poblada por la nación otomí, que constituía uno de los Estados tapón del imperio mexica.

Huyendo de los trabajos y los tributos que eran impuestos por el primer encomendero de Xilotepec, Juan Xaramillo, algunos otomíes emigraron de esa provincia y empezaron a ocupar pacíficamente el territorio de Querétaro, San Juan del Río, Cadereyta, Tolimán y Amealco en donde convivían con los pames que habían querido pasar al orden de República propio de los otomíes. Allí los encontraron los españoles itinerantes y aventureros, en búsqueda incesante de los tesoros escondidos en las sierras del norte mexicano. Su tenacidad y atropello daría lugar a la guerra chichimeca.

El territorio que ahora forma el estado de Querétaro no fue dado en encomienda, puesto que no había sido pacificado o conquistado por español alguno, sino por la nación otomí. Por ello sus caciques y principales recibieron grandes mercedes de tierra, después de que fueron evangelizados. Tan es así que la primera familia que acumuló una de esas grandes fortunas que hicieron famosa a la región fue la del indio Conín, el fundador de Santiago de Querétaro.

En el siglo XVI, todos los asentamientos de Querétaro eran pueblos indios con españoles avencidados, la minoría, que recibieron mercedes de tierra. Sin fuerza de trabajo suficiente por las muertes indígenas, los españoles se dedicaron a la agricultura y la ganadería. En ese empeño, empezaron a disputar las tierras y aguas indígenas. La consolidación económica, social y política del grupo de los españoles desplazó al pueblo indio de Querétaro. En el siglo XVI, Santiago de Querétaro se había convertido en una villa española.

Desde entonces, segunda mitad del siglo XVII, pasando por las políticas liberales de desamortización (1856) y nacionalización (1859) de los bienes de manos muertas, hasta 1910, los pueblos indios enfrentaron las usurpaciones sistemáticas y recurrentes de sus terrenos realizadas por hacendados poderosos y gobiernos entusiastas de la iniciativa privada para sí o para los otros propietarios de la tierra.

Esas usurpaciones y los escasos recursos que se quedaban en la región, a causa de los cambios administrativos que lo mismo sujetaban los distritos de Amealco y Huimilpan al de Querétaro, que los dejaban sueltos, pero pagando los dueños de haciendas y ranchos las contribuciones al de Querétaro, propiciaron que las emigraciones de los pueblos, iniciadas de nueva cuenta en el siglo XVI para huir de la explotación blanca en Xilotepec, se continuaran del siglo XVII al XIX. Los recorridos de la población durante esos tres siglos cubrían el territorio de las cinco haciendas que contaba el distrito de Amealco (El Batán, San Nicolás de la Torre, Galindillo), y los estados de Michoacán (Molinos de Caballero), México (Arroyo Zarco y ranchos como la Cofradía), cuyos terrenos se introducían al de Amealco.

En la década de los ochenta del siglo XX, la migración indígena de Amealco lejos de interrumpirse ha aumentado. Aunque, a diferencia del siglo XIX, el lugar de destino de los otomíes ya no es la región de los valles queretanos, otrora asiento de las haciendas más ricas del estado.

Su destino en la actualidad es la ciudad de México, otras capitales de la Republica e, incluso, Estados unidos.

Además, las condiciones de vida y la identidad de los grupos indígenas de Amealco se ha desarticulado. La estructura de la tenencia de la tierra, más privada que social, lo reducido de la mayoría de las parcelas ejidales (2.04 contando ejido y pequeña propiedad); la falta de riego, no obstante que se cuenta con la presa San Ildefonso, y de crédito, han determinado que los rendimientos productivos sean insuficientes para sostener las familias, De esa manera, tiene que realizar actividades complementarias, como son la alfarería, los bordados y tejidos y la migración para obtener ingresos adicionales en las ciudades en donde se ocupan como domésticos, albañiles o, en el peor de los casos, como mendigos.

El panorama social, cultural y económico de la población otomí es desalentador. Al menos para el caso de San Ildefonso, las condiciones de México en la década de los ochenta propiciaron la desarticulación de los valores y principios culturales que habían permitido la sobrevivencia del grupo otomí en Querétaro.

Sabido es que la propiedad comunal de la tierra y la lengua son los baluartes de la cultura indígena. En la entidad fue muy conocida la resistencia de la población otomí a los embates culturales de la sociedad urbana y de las políticas liberales del siglo XIX. Los urbanos queretanos querían que los otomíes dejaran de hablar su lengua para asumirlos como una fuerza de trabajo de fácil conducción. Pero, decían al final del siglo XIX, eran necios e incorrectibles y seguían hablando hñäñho. Los liberales querían convertirlos en ciudadanos a partir de la disolución de la propiedad comunal. Así, el proceso de disolución de la propiedad comunal, que había permitido la sobrevivencia de los pueblos indios, fue iniciado con las políticas de desamortización de 1856 y continuado mediante el decreto que ordenaba la titulación individual de la propiedad indígena en 1873 y, años más tarde, durante la fase intensiva del reparto agrario 1936-1937.

Desde entonces, pese a la resistencia indígena, se inició el proceso de desarticulación cultural que en la actualidad parece que está llegando a su fin, al igual que el proceso de urbanización total del país y la proletarización del campesino y del indígena. Como refiere el autor, solamente 2.2 por ciento de la población, los ancianos y algunos adultos de San Ildefonso son monolingües. Los demás hablan español o son bilingües. La propiedad comunal ha desaparecido y los pueblos se vacían de jóvenes de ambos sexos en busca de trabajo en otros ambientes y medios culturales. Los valores tradicionales de la identidad se han perdido en el momento en que el país se encuentra de nueva cuenta, como en el siglo XIX, en busca de una identidad nacional. ¿En dónde puede encontrarse la fuerza de los grupos otomíes? ¿Cómo pueden integrarse a la nueva identidad mexicana, cualquiera que ésta seca, conservando la dignidad, el valor y el honor que los había distinguido? ¿Cómo pueden conservar sus modos, usos y costumbres plenamente insertos en la vida nacional?

El autor refiere el significado que tiene la práctica religiosa católica, como eje de la vida y la esencia de la comunidad. Pero también resalta que los jóvenes tienden a alejarse de esas prácticas que eran fundamentales para sus padres y abuelos. La importancia de la religión como eje de la identidad indígena es un punto de análisis de profundo interés en la actualidad, a finales de la década de los noventa, en virtud de la revuelta indígena en el estado de Chiapas y el papel desempeñado por los dos obispos que están a cargo de la porción territorial en guerra.

Ninguno de los acontecimientos que nos han sacudido, en esta última década, del siglo XX habían acontecido al momento de escribirse el libro que comentamos. Todavía no se firmaba el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, tampoco se habían reformado los artículos 27 y 130 constitucionales, ni había surgido el levantamiento zapatista de Chiapas; los asesinatos políticos y religiosos (el cardenal Posadas) no se habían presentado. Acontecimientos todos que parecen habernos despojado de nuestro ser y nuestra naturaleza nacional.

No obstante, el libro registra el papel de Iglesia católica como eje de la comunidad humana y pone sobre la mesa en 1990, sin él saberlo, una de las discusiones más actuales de las élites políticas y militares dirigentes del país en 1997: ¿cuál es el papel de la Iglesia católica en la vida nacional después de la reforma al artículo 130 constitucional? Se sabe que la influencia de la Iglesia ha disminuido en los últimos tiempos, precisamente por el proceso de secularización de la juventud que apunta el autor. También se sabe que, de jugar bien sus cartas, la Iglesia puede desempeñar un papel esencial en la construcción de la nación mexicana del siglo XXI. Esa posibilidad representa un gran reto para el gobierno y la sociedad mexicana. Para evitar los excesos del pasado, tanto de los religiosos como de los políticos y militares, se debe de fomentar e impulsar los puentes de diálogo y discutir los problemas esenciales del país mientras nos hemos perdido en discusiones electoreras cargadas de “futurismo”, como decían los políticos de la década de los treinta.

El libro La migración en la estrategia de la vida rural, presenta varias posibilidades de lectura, todas fascinantes y todas esenciales para comprender algunos de los grandes problemas del país.

Uno de ellos, crucial en los albores del siglo XX es constatar que la estructura fundamental de los pueblos indios ha sido lesionada profundamente por la políticas de desarrollo del Estado mexicano, más favorables a mestizos y blancos.

Lo que es más grave, pareciera que la resistencia indígena tradicional ha desaparecido dejando a sus miembros desamparados frente a la voracidad insaciable de la violencia y la marginalidad urbana que caracteriza a nuestro tiempo.

Ese problema, que se desprende del análisis de los movimientos migratorios de san Ildefonso, es una llamada de atención para todos. Es preciso que aprendamos, gobierno y. sociedad, que las diferencias sociales y culturales alimentan nuestra vida cultural y enriquecen al país.

Sólo así, aceptando la rica diversidad, podremos defender lo que nos es propio.* Texto leído durante la presentación de libro La migración en la estrategia de la vida rural, del Mtro. Alfonso Serna, el 16 de abril en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

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