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Un mundo sin luz

En Enrique, le ha crecido más que su propia ilusión.

De aspecto humilde, sus movimientos faciales son expresivos y tímidos a la vez. Llama la atención su piel tostada, demasiado sol para demasiados años, Una persona así, creíamos, podría enojarse con preguntas acerca de su vida privada.

“Nací en 1949, en un rancho cerca de Irapuato, se llama Cañada de Arbustos”, explica.

Ante él sentíamos que faltaba la muestra más común de sinceridad, faltaba aquel brillo de ilusión, de convencimiento: su mirada. Al darnos cuenta de que es ciego, buscamos la parte donde se encuentra reflejada su sinceridad y nos dimos cuenta que son sus labios. Unos labios grandes, gruesos y morenos, que al expresar alegría se hacen más grandes y delgados, pero cuando expresan tristeza empequeñecen.

De pie, frente al Convento de San Agustín, autos, miradas curiosas y el sol en su máximo esplendor; Enrique cuenta que de niño el trompo y el yoyo eran sus juguetes preferidos. Se alegra al recordar sus travesuras, pero se entristece al recordar a sus hermanos: “Fuimos 14 de familia, dos hermanos mayores murieron, otros trabajan en el campo en Irapuato y otros más viven en Lomas”.

De cuarenta y ocho años de edad, Enrique parece cansado y con una profunda tristeza. El vivir solo en Lomas de Casa Blanca lo hace recordar al amor de su vida: Carmela, su amor imposible e inolvidable.

“Ella tenía una tienda, ahí comprábamos los refrescos. Luego ella me dijo

—Oye…

—¿Qué? — le respondí.

—Me gustas mucho…

“Ella tenía 16 años y yo 17. Nos íbamos a casar, pero yo era muy poca cosa para ella. Se casó con un maestro y no volví a encontrar a nadie”.

Hombre de esperanza y fe, que aguarda en las esquinas el socorro del prójimo. Encierra dentro de sí mismo un profundo agradecimiento a todas aquellas personas que lo ayudan. “Una madre del sanatorio me regaló este crucifijo, antes me había dado una medalla, pero se me perdió”. Pareciera que el centro Histórico es el único refugio de su soledad y las calles su única compañía.

Enrique cree en Dios de una forma especial y en él pone toda su ilusión. De vez en cuando el ir a misa le ayuda a no sentirse solo y triste. “En San Agustín o San José de Gracia voy a misa. Un día me sentía muy triste, me fui a Santo Domingo y le dije a la santísima Virgen: “¡Ay virgencita!, dirás que sólo cuando estoy malo vengo a verte, y es cierto”.

Un pordiosero asaltado

Depender de lo que la gente dé, es apenas vivir. Con paso lento y sonrisa amable, Enrique se desilusiona por el trato que algunas personas le dan: “Un día pasó una y dijo:

—¡No, si éste no está ciego, se hace pendejo para que le den dinero!

¡Oiga, si eso fuera cierto ni coraje me daría a mí!— le contesté.

Le lastima que lo traten mal, por eso se defiende de las mentiras de la gente y lo anima que sus amigos de Teléfonos de México le regalan muchas cosas.

Un día pasaron unos muchachos y traía mi bolsa así, abrazada, y se la llevaron con mi tocadiscos, y luego dije: “¡nadie sabe para quién trabaja!”.

Por momentos nos da la impresión de que la costumbre ha crecido más que su propia ilusión y que dentro de su profundo dolor doma la resignación.

No fue difícil acostumbrarme a no ver; hay momentos que quisiera darme un balazo. Pero como dice Pedro Infante: “a los amigos que tengo sí les va a doler””. Y el doctor dice que con una buena operación puedo volver a ver.

Pero de lo que estamos ciertas, porque él mismo nos lo ha dicho, es que está resentido con su familia porque dejaron que su enfermedad se mantuviera a la deriva. Su voz nos estremecía, pausada y triste; nos hizo vivir en carne propia el dolor ajeno, el dolor que aún perdura en su alma.

“Es como si ustedes recibieran a la cigüeña, dan a luz a un niño y este niño tiene siete u ocho años, entonces sus hermanas se llevan a su hijo a casa de una amiga. Esa amiga le hace un mal a ese niño y lo vuelve ciego. Así me pasó a mí”. Y agrega de sus recuerdos, cuando platicaba con su madre:

—Mamacita, tú que me trajiste al mundo, ¿verdad que esto ya es de nacimiento?

—No, yo te traje al mundo bueno, eso pasó después de años.

Sus padres murieron, sus hermanos viven, pero no cuenta con su apoyo. “No me toman mucha atención, luego les comento lo de mi vista, que me lleven con un doctor… como que les importa un comino”. Nos platica desesperanzado.

Yo soy el que luego me voy a México a buscar doctores. Me dicen que hay uno muy bueno; ahora para marzo voy a ir a ver a un doctor que dicen que es muy bueno, que hace trasplantes de ojos. Yo necesito un trasplante de ojos, los míos ya están muy dañados.

Una corriente de cariño

Su vida transcurría, muchos doctores, falsas esperanzas y un sueño que se agotaba. “Tuve muchas oportunidades de operarme y la única que aproveché fue para mi mal. El doctor Pedraza del sanatorio Mariano me operó y lo hizo mal, el ojo me quedó rojo, rojo y yo sólo le pedía a Dios que me devolviera la vista porque ya había sido demasiado tiempo”.

Carros vienen y carros van, la vida sigue su evolución, pero Enrique continúa en su mundo sin luz, su mundo obscuro; difícilmente alcanzará el ritmo dela vida actual. Los obstáculos son muchos, pero el deseo de seguir con la convicción lo mantiene.

El mes de marzo es para muchos cualquier mes, pero para él es la posibilidad de que el mundo obscuro en el que está termine definitivamente.

Si bien es cierto el dinero no es lo más importante para la vida del ser humano, éste es necesario para subsistir. Enrique sabe muy bien que parte de. su recuperación física está ligada con el dinero; quisiéramos pensar que lo tiene, porque demuestra entusiasmo a su decisión.

Tratarme lo de mis ojos es mi mayor aspiración, le voy a pedir al doctor que me diga cuánto me cobra y que me dé una carta poder para que me crea la gente que no les estoy engañando. “El amor es como una corriente de cariño, así uno se siente superior con aquella gente que lo apoya y que lo quiere mucho, que lo expresan y que no halla uno palabras para decirle, gracias por todo eso que me han dado”.Lo que es una realidad es que, muchas personas desconocidas físicamente para él, le brindan el apoyo que necesita, personas extrañas a su pasado, el pasado de imágenes de recuerdo. La calle de Allende será quien más lo extrañe si logra recuperarse.

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