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Antropología del buen morir

Además de imprevisible, la muerte es misteriosa, nadie sabe con precisión lo que ocurre tras la última exhalación.

 

“¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared? ¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye? ¿Se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?

¿Cuál es el rito de esta ceremonia? ¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana? ¿Quién aparta el espejo sin empañar?

Porque a esta hora ya no hay madre y deudos. Ya no hay sollozo. Nada, más que un silencio atroz. (…)” (Castellanos, 1985).

 

Rosario Castellanos en su poema Amanecer se cuestiona qué pasa a la hora de morir, qué se hace con la agonía, el rito y la angustia de la soledad de ese último acto en la vida de un ser viviente: La muerte.

¿Cómo se concibe la muerte en la actualidad? cabría cuestionarnos en este escrito que —usted lector— hoy tiene ante sus ojos sostenido en sus manos. ¿Cómo se espera la muerte, se habla de ella, se planea la muerte, como muchas veces planeamos la vida, o más bien es un tema que se evita junto con toda la responsabilidad que ello confiere?

En este orden de ideas ( Fericgla, 2018) nos comenta que: El morir se concibe como fracaso porque ataca el núcleo mismo de la cosmovisión occidental dominante. En primer lugar, la muerte es imprevisible, nadie sabe cuánto tiempo de vida le queda.

Y la previsibilidad es justamente uno de los pilares de la civilización: Poder prever tranquiliza, calma la ansiedad y da seguridad a la persona, a la vez que debilita el carácter y disuelve el temple, entendido como la capacidad para gravitar sobre los imprevistos y los contratiempos sin desviarse del objetivo. Asumir la muerte con dignidad exige temple y ser capaz de estar siempre disponible para lo imprevisible, algo que disgusta a la mayoría de la gente.

En segundo lugar, además de imprevisible, la muerte es misteriosa, nadie sabe con precisión lo que ocurre tras la última exhalación, y si alguien puede hablar de ello son sólo los iniciados, colectivos herméticos a la mayoría. De nuevo nos encontramos con la necesidad de ritualizar el misterioso óbito (el vocablo «misterio» proviene del griego mystérion, a su vez derivado de mystés, iniciado, persona que ha participado en los ritos o cultos mistéricos).

En tercer lugar, la muerte es disolutoria. Tras la marcha del mundo no queda nada de nosotros, ni las redes sociales que hemos tejido, ni las posesiones materiales, ni la sensación de identidad que denominamos “yo”, ni los gustos y preferencias culinarias… Sin la menor duda, la muerte conlleva la disolución social, corporal y psíquica, hecho que genera ansiedad.

Así pues, si aceptamos que tres de las características objetivas de la muerte son la imprevisibilidad, el misterio y la disolución, en consecuencia, debemos aceptar que se opone frontalmente a los valores centrales del mundo occidental: la seguridad, la previsibilidad y el egocentrismo. Y el final ineludible acaba también con la gran práctica que determina la vida en nuestras culturas: El consumismo.

Morir acaba con la posibilidad de seguir consumiendo y la gente siente pánico ante la perspectiva de abandonar esta praxis cultural que ha constituido el centro de su vida, sin embargo, cabe reflexionar, hoy más que nunca, en el proceso de la muerte, como un proceso amplio, un hecho inherente a la vida, y más allá de nuestras prácticas de consumo y la relación que estas guardan con la dicotomía muerte/vida.

 

Referencias Bibliográficas

Castellanos, R. (1985). Meditación en el umbral. Antología poética. (ISBN9681618882 ed.). (c. J. Palley, Trad.) D.F. México, México: Fondo de Cultura Económica.

Fericgla, J. (22 de octubre de 2018). Inspiraciones sin tiempo, blog personal. (E. d. vida, Editor) Recuperado el 13 de noviembre de 2020, de undefined

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