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Toda ciencia es social

El ser humano cuenta solamente con la naturaleza y con sus propias fuerzas, lo que uno tiene o puede tener a la mano para defenderse, para sobrevivir o para destruir.

A veces, cuando uno desea motivar a los niños para que estudien, se les argumenta que sólo así serán alguien “cuando crezcan”. Va implícita la idea de que, gracias a la educación, las personas mejoran económicamente. No es por lo único que se les insiste en que estudien; también por otros motivos.

Por ejemplo, se dice que las personas son mejores si tienen mayor formación educativa, o que serán más buenas. Como si dependieran entre sí el conocimiento (relativo al intelecto) y la bondad (práctica social). Así lo pensaban los antiguos griegos: sabiduría y bondad iban de la mano, eran casi lo mismo.

Hoy parece que algo está cambiando. Hasta podría concluirse que los seres humanos están (casi) desquiciados. Pese a tener opiniones juiciosas, pueden cometer graves atrocidades.

Reclamar el cuidado de la Tierra implica: No seguir dañando el planeta con extracción extrema del subsuelo (petróleo y otros minerales). No provocar incendios ni descuidar la vegetación y la fauna (ya hay especies en riesgo de extinción). No desviar cauces de aguas superficiales con el propósito de obtener riquezas personales, aún a costa del hábitat.

Los noticiarios insisten: Miles salen de sus países por no tener empleo o sufrir violencia.

En todos lados los asesinatos van en aumento. Pocas personas ganan millones de pesos al robar tierras y bienes o hasta sus vidas a los desvalidos. Aunque haya supermercados por donde uno vive, la gente no puede alimentarse y sólo le llega “comida chatarra”.

La agresividad contra el planeta y contra la vida anuncia la muerte de la humanidad. ¿Aún es posible recomponer la vida y remediar los dramas, o los seres humanos se destruirán a sí mismos en pocos años? Si no hay manera de recomponer esta situación, entonces sólo queda esperar la fatalidad o apurarla mediante el suicidio.

Tal derrotismo no parece legítimo; en su mayoría, la gente se esfuerza por lo que los antiguos valoraban: parece posible buscar y lograr la felicidad.

Con todo, se necesitan esfuerzos para trazar otros caminos. Las historias contadas en el barrio, los libros y las mejores tradiciones populares hablan de pobres, miserables y hasta esclavos, que lucharon y no se dieron por vencidos; en eso se esforzaron.

¿Cómo levantarse y no dejarse dominar por la mala suerte o la vida miserable? No hay que repetir la manida frase de aquella serie de TV: “¿y ahora quien podrá salvarnos?”, donde se esperaba la salvación que otra persona u otro ser podría dar.

El ser humano cuenta solamente con la naturaleza y con sus propias fuerzas, lo que uno tiene o puede tener a la mano para defenderse, para sobrevivir o para destruir. Nada más. Todo ser humano está convocado a usar sus fuerzas para levantarse, aunque con frecuencia pueda suceder que se equivoca. Pero no hay de otra.

La ciencia y las técnicas que de ella surgen son la expresión básica de esas iniciativas contra las adversidades. Es cierto que las ciencias y las técnicas tienen muy diversos usos, con la intención de beneficiar al ser humano o de dañarlo, según los intereses de quienes las usen.

El capitalismo hace ciencia y técnica para tener armas más eficaces en el exterminio de pueblos que puede invadir. En el área farmacéutica elabora productos que, lejos de curar, actúan como placebos o generan más problemas de salud. Explota minas o excava en los montes para extraer minerales o vaciar mantos freáticos, etc. Los daños que se generan mediante actividad científica y técnica se deben al egoísmo humano; no a las ciencias mismas.

Por otro lado, hay instituciones dedicadas a la investigación o a impulsar procesos contra enfermedades o a cirugías para dar pie a vidas gozosas. O se indagan recursos para hacer más productiva la tierra con alimentos valiosos y saludables, etc.

Sin duda, el trabajo científico o tecnológico puede estar determinado por afanes económicos o de control social de unos grupos sobre otros. Pero, también, la construcción científica es la respuesta que el ser humano puede construir, por sí mismo, para enfrentar avatares dañinos. Sin ciencia, sólo campean en la humanidad el tabú, las acciones míticas, las creencias de fe, el inconsciente indomable.

Los saberes populares son fundamentales para tomar decisiones en la vida ordinaria, para resolver asuntos ordinarios de la cotidianidad. Sin embargo, hay asuntos problemáticos e irresolubles, según conocimientos y herramientas actuales, que no se pueden enfrentar mediante los conocimientos ordinarios, a menos de que culminen en saberes científicos sustentados por la crítica y la exigencia de rigor del pensamiento. De otra manera, son meramente autoengaños de la humanidad.

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