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Elecciones del 2018 y guerra psicológica (III)

La “guerra psicológica” se transforma en “guerra sucia” cuando la batalla por el poder político se rige por el principio maquiavélico de que el “fin justifica los medios”, con lo que el teatro, los actores y las audiencias se convierten en un botín político.

No me quejo, me gustan las tormentas, porque anuncian revoluciones”

Juan Pablo Mendoza (+ In Memoriam)

 

Tanto los esbozos de los pensadores y filósofos grecolatinos como los forjadores de las teorías políticas de los siglos del XV al XVIII fueron pavimentando el terreno para la construcción de los sistemas políticos modernos. Actualmente, en un contexto global, observamos la pervivencia de 10 monarquías constitucionales en la Europa contemporánea, monarquías constitucionales y aún algunas absolutas en 14 países asiáticos, monarquías constitucionales en dos naciones africanas, sumando en total 26 sistemas monárquicos diversos, las cuales conviven con sistemas políticos republicanos de corte centralista, unitario, federado, confesional-islámico, y socialistas, además de principados, coprincipados, protectorados, territorios autónomos dentro de naciones, estados asociados y estados sin una nación correspondiente, como en los casos del Estado Palestino y del Estado Vaticano, engrosando una lista de más de 200 países integrantes de la ONU, con su Asamblea General y su Consejo de Seguridad de ocho países selectos, con derecho de veto para resoluciones que no convengan a sus intereses.

Formalmente concluyó la “guerra fría”, pero la confrontación de bloques y de intereses neoimperialistas y geoestratégicos continúa en los planos más variados, vinculados al control de alimentos, recursos naturales, armamento, energía atómica y nuclear y presencia neocolonial.

Won Clausewitz decía: “la guerra es, en consecuencia, un acto de violencia para imponer nuestra voluntad al adversario”. En este contexto, la política de ser concebida originariamente como la tarea de la construcción de la comunidad, de la democracia y de la “cosa pública” (del latín, ‘res pública’) y de ser el campo ejemplar de la naturaleza social del animal político (del griego, ‘zoon politikón’) se transmuta en el escenario, en que los actores enfrentados por el acceso al poder, bajo el supuesto de poner en práctica un modelo económico y social, dibujado en un proyecto de nación, compiten en una contienda cívica, bajo determinadas reglas del juego: democracia, transparencia y equidad, consensuadas previamente para alcanzar el voto de los ciudadanos por los cargos públicos, sea para ganar el Poder Ejecutivo o Legislativo, en un ciclo de la democracia, referido estrictamente al terreno electoral. Sabemos que la democracia tiene otros ámbitos de acción, desde la familia, la escuela, el trabajo, la vida cotidiana, el género, la etnia, las preferencias sexuales, los derechos humanos, la participación social, el acceso a los servicios y a una vida digna en el campo y en la ciudad.

Bajo estas consideraciones, la “guerra psicológica” que tiene como finalidad ganar las mentes y los corazones de los ciudadanos, desde una visión política diseñada con propaganda impresa, auditiva, visual, mediática y cibernética, integrada con visitas a los hogares urbanos y rurales, convencimiento de masas por mítines, concentraciones populares con música de banda, aunado a presencia pública en universidades, en organismos sindicales, empresariales, colegios de profesionistas, asociaciones culturales, religiosas y sobre todo en foros, debates en los medios masivos de comunicación. Las redes sociales se han convertido en un espacio privilegiado para tocar las fibras más sensibles de los ciudadanos, pero también de estos para opinar y replicar.

Hasta aquí, todo parecería un campo de lucha organizado y normado. Sin embargo, la “guerra psicológica” se transforma en “guerra sucia” cuando la batalla por el poder político se rige por el principio maquiavélico de que el “fin justifica los medios”, con lo que el teatro, los actores y las audiencias se convierten en un botín político.

Para el caso mexicano, la sucesión de los gobiernos priistas (PNR, PRM y finalmente PRI), particularmente después del sexenio del General Lázaro Cárdenas del Rio (1934-1940), con Manuel Ávila Camacho (1940-1946), Miguel Alemán Valdés (1946-1952), Adolfo Ruiz Cortínez (1952-1958) Adolfo López Mateos (1958-1964), Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), José López Portillo (1982-1988), Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), Ernesto Zedillo Ponce de León (1994-2000) fueron artífices de una maquinaria electoral que posibilitaba la práctica de arrasar con los cargos de elección popular del presidente de la República, diputados federales, senadores, gobernadores, diputados locales y presidentes municipales.

Todo mediante el fraude electoral, la negativa de registro de partidos opositores -como le ocurrió al PCM- el control político de las centrales campesinas (CNC, CAM y CCI) de la central obrera más poderosa como lo ha sido la CTM, especialmente en los años de Fidel Velázquez (1936-1941 y 1950-1997) como su secretario general, acompañados de la CROM y del Sindicato de los Petroleros de ‘La Quina’, de los electricistas del SUTERM de ‘La Güera’ Rodríguez, los burócratas de la FTSE, el voto popular de la CNOP, además de la alianza y apoyo de Televisa, posteriormente de TV Azteca y de los organismos patronales, que eran parte de esa maquinaria. La pinza del PRI se cerraba con el voto obrero, verde, burócrata, petrolero, electricista y popular. El fraude de 1998 es una historia especial. No permitamos que se repita este 1 de julio de 2018.

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