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Explotando el miedo a la muerte y la enfermedad, el negocio más lucrativo

El monopolio médico-farmacéutico explota el miedo al dolor y la muerte, para extraer hasta el último centavo de las arcas familiares del paciente.

A pesar de la influencia de las religiones sobre la percepción de la muerte, en las cuales se considera simplemente un proceso de tránsito hacia otra realidad, los seres humanos han intentado luchar contra ella desde tiempos inmemoriales; lo mismo que contra los procesos de envejecimiento. Por ello, se creó el mito de la fuente de la eterna juventud y posteriormente la industria de los cosméticos, implantes y las cirugías estéticas.

Todos los fenómenos incluidos dentro del concepto de “enfermedad” se miran como procesos espontáneos, sobre los cuales el individuo no tiene ninguna responsabilidad ni se relacionan con el comportamiento humano de largo plazo; las más de las veces hasta se niega cualquier participación a favor de las dolencias o afecciones, vertiéndola sobre microrganismos, sustancias tóxicas, radiaciones extraterrestres u otras, respecto las cuales el individuo, aparentemente, no tiene ninguna influencia.

El monopolio médico-farmacéutico explota el miedo al dolor y la muerte, para extraer hasta el último centavo de las arcas familiares del paciente; cada evento, como son las consultas, los fármacos, los análisis clínicos, las cirugías y las terapias físicas, químicas o de radio, representan una erogación que pone en crisis económica al paciente y sus familiares, independientemente de su nivel socioeconómico.

La consulta médica, generalmente, explica que el padecimiento requiere de análisis clínicos para “verificar” el diagnóstico y con ello “evaluar” la gravedad del caso. Mientras tanto en una receta se anota un rosario de fármacos, cuyo costo no es para nada bajo.

Si el paciente, doblegado en el primer “round” médico, se realiza los análisis clínicos y asiste con ellos al facultativo, este le dirá que, efectivamente, se confirman las sospechas: “si es un caso grave” y se requiere del consumo de fármacos de “por vida”; y sí no hay un respuesta positiva del organismo en algunas semanas, la cirugía es inevitable; porque de no hacerse, “la vida está en juego” y con ello la cuenta se incrementa.

Obviamente, como resultado de la vida loca dedicada al consumo y al placer volátil, nadie se imagina padecer una afección o dolencia grave, como resultado de actos tan cotidianos y rutinarios como es el andar apurado, enojarse con todo y contra todos; frustrarse y entristecerse recurrentemente, andar por la vida culpando a los ancestros, a los maestros, a los gobernantes, al perro del vecino, incluso a lo sagrado; por esa existencia llena de desgracias que vive: desempleo o empleo mal remunerado, sistemas de enseñanza arcaicos, relaciones humanas sustentadas en lo material, viviendas insuficientes y de mala calidad, entre muchos otros.

Dicen el proverbio popular “en un mundo de ciegos, el tuerto es rey”. La ignorancia de muchos torna al que domina ciertas especialidades, omnisciente y todopoderoso. Aceptar que la desaparición física de los organismos, independientemente del comportamiento, es un proceso de tránsito obligado; más aún, lo será si el comportamiento es continuamente negativo. Reconocer que la “enfermedad” es resultado de fuerzas estresantes aceptadas por los individuos de forma cotidiana, recurrente e intensiva, es imprescindible para aprender a eliminarlas, y con ello minimizar las fuerzas opresivas para recuperar el equilibrio emocional y orgánico; es decir la libertad y la felicidad.

Un epitafio en broma, pero con una profunda sabiduría, enuncia sobre una tumba falsa lo siguiente: “Aquí descansa Fulanito, quien en su juventud gastó su salud para conseguir dinero, y en su senectud gastó su dinero para conseguir salud. Ya reposa en su ataúd, Fulanito, sin dinero y sin salud”.

Ahora tras estos días de recuerdos y festejos sobre la muerte, valdría la pena reflexionar sobre ella; apreciarla como parte indisoluble de la vida, y la importancia de aprender a bien vivir, bien amar, bien dar, bien recibir y también bien morir; para aceptar la muerte, perdonar las ofensas propias y ajenas, aceptando que la materia y la energía no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

 

Más información: El Ahuehuete, Herbolaria. 442-377-5127 y 427-121-2508.

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