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Un grado para ser carne


¡Ah!, cómo disfruté sentarme en la cafetería, atrás del museo. Hace más de un año que no me paraba por allí. Mi amigo Darío, el bioquímico, me dio una jalea para usarla al ir a lugares públicos; me siento más confiado. Allí hice lo que antes acostumbraba: pedí un café negro y pan.

Cerré los ojos para disfrutarlos cuando, de la mesa de al lado, me llegó la plática de tres parejas que estaban almorzando. Paré la oreja y, en varias ocasiones, me dieron ganas de entrar a su diálogo, pero me aguanté.

El bigotón preguntó, al aire, por qué los pobres son desidiosos, no se empeñan en nada. “Ahí tienen –decía–, con el COVID nuestras fuerzas están a prueba, pero ellos se la pasan viendo tele hasta tarde; al otro día, no tienen fuerzas para salir a buscar chamba”. Dos le corearon un “sí” tímido. Envalentonado por el apoyo, agregó: “mucha gente sólo se las da de pobre, cuando que tiene más que todos nosotros juntos”; los mismos asintieron otra vez.

La mujer de diadema de paliacate lo interrumpió: “¿De dónde sacas que esa gente tiene más que todos nosotros?; te lo valgo si es para salir del paso, pero quisiera que trabajaras lavando coches, por ejemplo, esperando que lleguen con su auto mugriento y lleno de basura (no lo llevan seguido, ¿verdad?). Viéndolo bien, quien lo lleva a lavar siquiera tiene carro; la mayoría viaja en camión”. Su marido la apoyó diciendo que todo el mundo literalmente está agobiado; se han perdido millones de empleo y sólo quedan algunos (para hacer en casa); los pueblos sufren hambre espantosa; salen de su tierra en busca de trabajo.

El esposo de la güera levantó la mano para pedir la palabra: “Tendemos a generalizar, sin ver los matices de la realidad. Hablamos de los pobres, como si todos fueran lo mismo. Hace ya 4 años que veo información sobre gente que huye de Medio Oriente, la India o África central, por problemas de hambre, secuestros, desempleo o cataclismos; buscan albergue en Europa, y en el camino mueren muchos; varios llegan a un país europeo, pero eso no significa que ya tienen hogar, empleo y seguridad. Más bien, se convierten en sin hogar, un nuevo tipo de pobres: que se quedan sin nada. Lo mismo sucede en nuestro continente: sudamericanos, antillanos, centroamericanos y mexicanos –y hasta algunos asiáticos y africanos– llegan buscando asilo. Pocos encuentran un lugar donde vivir. En su mayoría, se convierten en sin hogar, duermen al lado de las vías del ferrocarril, a la entrada de algún templo o, de plano, en la calle. ¿Qué comen, qué beben, donde defecan, dónde se asean, dónde reciben y dan cariño, dónde son humanos?”.

La güera, menudita y con voz de contralto, me apantalló cuando dejó correr su opinión. “En este mismo lugar yo lo vi, comentó: vestía andrajos y andaba prieto de sol y mugre, cargaba un bulto negro (supongo que algo de ropa); muy respetuoso, dejó la bolsa en el umbral, asomó la cabeza y le pidió a una mesera que lo dejara entrar al baño; no aguantaba más. Ella volteó a todos lados, como buscando a alguien con más autoridad, pero sólo yo me daba cuenta de lo que sucedía; ella le pidió que la perdonara, pero no podía pasar, pues el baño no servía (¡mentiras! Hacía cinco minutos yo lo usé. Estaba limpio y en buen estado). El hombre bajó la cabeza, dio las gracias entre murmullos, tomó su tambache y se fue (con urgencias en los intestinos). La mesera volteó hacia mí y dijo, como disculpándose: «es que el patrón no quiere que pase esta gente», y se retiró a seguir atendiendo mesas”.

La mayor de las tres mujeres levantó la mirada y, con ojos húmedos, se dirigió a sus amigos; carraspeó un poco y dijo: “Eso les sucede hoy a muchos: huyen de agresiones y maltratos en su tierra para terminar en situaciones iguales o peores; son emigrantes, braceros, desempleados, expulsados por la criminalidad, ignorantes, indígenas, enfermos, niños y ancianos. Son, sobre todo, pobres entre los pobres. Su suerte es no tener ni un agujero dónde acabar. Indefensos y despreciados, casi nadie duda en humillarlos y agredirlos; tienen prohibido opinar o decidir (uno cree que no saben ni piensan); no votan, pues nadie les pide su palabra; no progresan a nuestra manera; unos los odian y otros los temen, pero todos los rechazan. Son depósito de nuestras vergüenzas, culpas y agresiones. Cuando yo era niña, aunque pobres, teníamos para comer, así fueran sólo frijoles. Mi mamá nos les daba acompañados de una frase que no puedo olvidar: «¡cómanlos! Son muy buenos y nutritivos. Sólo les falta un grado para ser carne». Algo así nos pasa con los pobres sin remedio: «los quiero casi igual que a mi perro, pues muchos son muy buenos. Sólo les falta un grado para ser humanos»”.

La pobre mujer ya no aguantó y soltó el llanto. Sus amigos se quedaron en silencio, mientras se secaban disimuladamente lágrimas furtivas. Yo no pude aguantar más; pedí la cuenta, sin haber terminado mi café y me regresé a la soledad de mi casa.

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