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Las claves del proceso electoral 2021


El proceso electoral que culminó el pasado domingo 6 de junio nos lleva a importantes conclusiones. La más importante es que se refrendó la confianza en el voto como el elemento central de la democracia y la participación ciudadana. El voto emitido bajo condiciones de legalidad y certidumbre gracias a instituciones autónomas como el INE, lejos del control del gobierno y de cualquier tentación autoritaria.

En estas elecciones más que propuestas y plataformas de campaña, dominó una narrativa central, la que se ha venido construyendo desde la campaña electoral del 2018: ‘los buenos trasformadores del país, contra los conservadores que pretenden perpetuar sus privilegios y prebendas’. Esta narrativa se construyó meticulosamente a través de la propaganda del gobierno federal desde sus diferentes espacios y canales, así como desde las redes sociales colonizadas por el extremismo y la descalificación ‘ad libitum’. La oposición, como respuesta, implementó la contraparte de este relato, la necesidad de parar a un proyecto destructor de la democracia, las instituciones y el país mismo.

También constatamos que la polarización no es simplemente la expresión animada de la diversidad de opiniones, no es el estado natural de las sociedades haciendo evidente sus diferencias y agravios. La polarización política reduce todo a dos extremos irreconciliables que no tienen el diálogo como recurso, sino el ejercicio de la descalificación permanente como sistema. La polarización anula el centro, los matices y convierte en enemigo directo al que disiente, no le interesa la deliberación, sino la extinción de lo diferente. Tal dinámica de polarización convirtió al proceso electoral en una suerte de referéndum, lo que paradójicamente, en el caso Queretano, acabó por sepultar las aspiraciones de la candidata Celia Maya de Morena.

El pasado proceso electoral nos mostró también que Querétaro es un estado atípico que no responde tan fácilmente a las coyunturas o narrativas federales. Privilegia su realidad local por encima del contagio emocional, apuesta más por un futuro basado en propuestas realizables y planeación, que por oferta política sostenida sólo en buenas intenciones.

El electorado queretano es participativo y asume las elecciones como eventos cruciales de la vida pública, como experiencias festivas, como una auténtica puesta en escena de la civilidad. En esta elección se fortaleció la idea de “elecciones a la queretana”, con base en un electorado cauteloso, reflexivo y eventualmente más sofisticado.

Pudimos constatar también que la abundancia de partidos no se tradujo en una oferta atractiva para los ciudadanos, quienes concentraron su atención y su voto en los que consideraron relevantes y verdaderamente protagonistas. Había demasiadas marcas políticas en la boleta, para un mercado electoral interesado en los productos de siempre.

La elección en Querétaro se llevó a cabo como si el estado fuera una ínsula que está más allá de las turbulencias y las disputas federales; como si el queretano tuviera claro el rumbo que hay que seguir y que más que promesas, busca en los candidatos señales de que están a la altura de una entidad que crece y se sostiene a pesar de la caótica realidad nacional. Habrá que estudiar en un futuro inmediato las razones de la excepcionalidad de Querétaro en el escenario electoral.

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