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“Los nuevos derechos”

“Los nuevos derechos”, como los llama el presidente, son de hecho eje de las izquierdas progresistas en el mundo. Los derechos humanos, el ecologismo, los derechos de los animales y el feminismo no son un invento del neoliberalismo, sino logros civilizatorios apoyados en la racionalidad, la ciencia y la empatía. Para López Obrador todo lo que escapa a su interpretación del país y dificulta sus acciones de gobierno surge inequívocamente del neoliberalismo. Desacreditando estos derechos, también descalifica a los activistas que durante mucho tiempo han luchado por ellos, consiguiendo progresos nacidos de la agenda ciudadana y no de las oscuras fuerzas del omnipresente neoliberalismo.

Estos derechos auténticos, legítimos y globales, son vistos con sospecha por el presidente porque estorban a su narrativa y frecuentemente chocan con sus planes o con su falta de resultados. De las feministas ha dicho que son utilizadas por aquellos que quieren perjudicarlo, con ello, ha pretendido minimizar su causa desvirtuando sus reclamos.

El ambientalismo también incomoda al presidente, quien se ha referido a los grupos que denuncian la destrucción de flora y fauna a causa de la construcción del Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, como organizaciones financiadas por agencias internacionales. Lo mismo sucede con el uso de energías limpias, que desestima por ser expresión de la voracidad de las empresas extranjeras. En este sentido, su visión guarda inquietantes coincidencias con el neoliberalismo, que no concibe que el cuidado del planeta esté por encima del crecimiento económico.

La noción de derechos humanos tampoco ocupa un espacio importante en la agenda presidencial. Para desactivar cualquier posible reclamo convirtió a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en organismo alineado con su voluntad y proyecto. Si bien es cierto, el neoliberalismo impulsó el discurso de los derechos humanos, lo hizo desde una lógica profundamente individualista, quedando pendiente su dimensión colectiva, que sí ha sido impulsada por las organizaciones de la sociedad civil. Sin embargo, el presidente no repara en este matiz.

El neoliberalismo, sin lugar a dudas, ha traído efectos negativos y consecuencias que aún sufrimos, pero no es la causa única de los problemas del país. Atribuirle responsabilidad de todo y culparlo permanentemente deriva en declaraciones insólitas e interpretaciones delirantes.

A decir del académico Fernando Escalante (Colegio de México) el adversario actual del neoliberalismo es el populismo, sin embargo, su impulso reduccionista lo lleva a coincidencias involuntarias con este. Lo que nos han demostrado estos casi tres años del sexenio de AMLO es que al igual que el neoliberalismo, que intenta poner límites a la democracia, López Obrador trata de extirpar uno de sus componentes esenciales: la diversidad de pensamiento y de opinión política. No puede haber democracia plena si cada sujeto que diciente con el jefe del Ejecutivo es etiquetado como neoliberal y exhibido desde la mañanera, anulando así, su derecho a opinar distinto vía la etiqueta descalificadora.

Al igual que al neoliberalismo le molesta la colectividad, a López Obrador le estorba la sociedad civil organizada, le parece otro espacio de privilegios y corrupción. En este sentido, la hegemonía del mercado propuesta por los neoliberales, tiene una contraparte no menos radical, la del proyecto del presidente sobre toda acción individual o colectiva que se oponga a su voluntad. El liberalismo intenta fortalecer a los gobiernos como garantes de la libertad de mercado para que enfrenten los reclamos de la sociedad civil; López Obrador por su parte, intenta reducir a la sociedad civil para que no le haga contrapeso. Ambos, el populismo y el neoliberalismo, tienen tanto aspectos criticables como defendibles. Es deseable que el Estado trabaje en favor del bienestar, como también lo es que el mercado funcione, para que -entre otras cosas- genere recursos para que el gobierno pueda proveer progreso y desarrollo. El problema de fondo en esta controversia es el reduccionismo, la radicalidad y el pensamiento único promovido desde la narrativa oficial.

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