OpiniónSe dice en el barrio

LAS PENAS DE JACINTA

Salí tarde y embotada del ajetreo en el ISSSTE. Como mi casa está cerca, me regresé a pie, aunque estaba haciendo frío, para cambiar de ambiente y hacer algo de ejercicio, Quería hacerle caso al consejo que últimamente nos dan con frecuencia, en radio: “Camine media hora, por lo menos, todos los días. Es mejor que cualquier ejercicio de gimnasio”.

Estaba por meter la llave. Pasó Jacinta, caminando como cansada y con la cabeza baja. Alcancé a decirle: “Buenas noches”. Sin voltear siquiera, ella respondió un susurro: “buenas…”. No la dejé continuar: capté algo extraño. “¿Qué pasa, Jacinta?”. Como máquina a la que acabaran de desconectar, se quedó quieta de improviso. Capté algo como un sollozo que ella estuviera reprimiendo. Le di vuelta a la cerradura y abrí mi puerta. “¿Quieres pasar un momento? Te invito un tesito caliente. Es bueno para entrar en calor”. Aunque ella se había detenido, ni siquiera volteó hacia mí. Puse mi mano en su brazo y con suavidad la conduje hacia adentro.

Como carente de voluntad, se sentó en la silla que le arrimé. En silencio, encendí la estufa, puse una jarra con agua limpia y le metí unas rajas de canela. Cuando soltó el primer hervor, le serví su taza a Jacinta y preparé otra para mí. Le acerqué la jarrita con miel y una cucharita para que la endulzara. Creí que debía callarme, respetando su silencio.

Después de dos sorbos, Jacinta tomó fuerzas y me preguntó: “¿Tú crees que es justo, Adela, que nos quieran ver la cara de esta manera? Vengo de una reunión que tuvimos algunos del barrio con el auxiliar del subgerente de compras, acompañado por tres personas más, de la fábrica de partes automotrices que se está instalando aquí a la vuelta. Me dieron mala espina desde que los vi cuando se acercaban al árbol donde íbamos a platicar con ellos. Conforme se acercaban, sentía más claro como que me corría un hilo de agua helada por la espalda; eran como soldados, caminando parejitos, rumbo al árbol, bien elegantes, de traje negro; se me figuraron como zopilotes que iban a sacarnos los ojos con el pico; pensé: “¡ah, jijos!”, pues me dieron harto miedo. Saludaron a todos, pero a las mujeres como que ni nos vieron, como que no existíamos. Nos volteamos a vernos unas a las otras, y levantamos los hombros como diciendo “no hay de otra: tenemos que aguantarnos”. José Luis fue el primero en acercarse a ellos. Les dijo que los estábamos esperando para mostrarles el terreno y llegar a un arreglo. Eran casi cinco mil metros cuadrados, muy buenos para ampliar la fábrica. Ellos mostraron las garras rapidito; dijeron que los documentos del predio no estaban en regla y que no podríamos venderlo; pero que ellos nos lo comprarían y correrían con todos los gastos para regularizarlo; “eso sí ─dijeron─ nosotros les damos a ustedes primero una tercera parte, para que podamos invertir en la regularización del terreno y, al año, les damos una segunda parte, para tener algo de dinero para la ampliación del local y, al siguiente año, les damos ya la tercera y última parte”. “Lo que sí -añadieron-, ustedes tienen que correr con los gastos de escrituración y de cesión de la propiedad”. Al oír sus propuestas, me quedó claro por qué se me imaginaron como zopilotes cuando iban llegando. Luego vino su oferta del precio: “les daremos trece millones de pesos en total: cuatro millones en el primer pago, cuatro en el segundo y cinco, al final, para cerrar operaciones”.

Entonces yo me salí de atrás del grupo y me puse delante de José Luis, para enfrentar al zopilote mayor. Clarisa y Juana hicieron lo mismo. Las tres los encaramos, y ellos dieron un paso atrás, como pensando que los íbamos a agarrar a moquetes. Pero no. Lo que hicimos fue señalarles que parecían aves de carroña, queriendo aprovecharse de la necesidad de gente como nosotras; Juana me quitó la palabra de la boca, y ya ves cómo es de malhablada, les dijo: “sí, somos gente pobre, pero no pendeja; o ¿creen ustedes que no sabemos cuánto valen nuestras tierras ni la miseria que ustedes van a invertir?”. Entonces, Clarisa ya no se aguantó y les dijo con mucha aspereza: “Pero ahorita mismo se nos van de aquí, y cuídense que nos los volvamos a ver por los alrededores. Hasta somos capaces de meternos a sus instalaciones para darles la zoquetiza que se merecen”.

“Era lo que ellos necesitaban para salir corriendo ─terminó Jacinta─. Pero yo todavía me pregunto a quién podremos venderles el terreno. El pueblo necesita ese dinero”.

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