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Cómo se encuentran hoy las universidades

La crisis de hegemonía de la universidad es resultado de sus contradicciones, por tener que responder con conocimientos instrumentales a patrones culturales actuales. No es, ya, salvaguarda de la alta cultura.

Para la entrega de hoy, se sigue un texto que en 2015 publicó Boaventura de Sousa Santos (“La universidad en el siglo XXI”), como recopilación de varios textos que el autor ha estado escribiendo desde finales del siglo XX.

Pensar a la universidad es incitante y obligado, porque convergen en el imaginario ideas y procesos mentales variados y hasta contradictorios. Hablar de la universidad significa iniciar un “viaje” por el Mediterráneo (Egipto y Libia, la actual Turquía y Francia, España, Portugal –es decir, alrededor de Italia– y aventurarse por zonas septentrionales de Europa y todo el continente americano, empezando con México).

La “ola” de la universidad se fue expandiendo con ímpetu en la cuenca del Mediterráneo. Construir la alta cultura, velar por el pensamiento filosófico, elaborar las ciencias y diseñar el pensamiento crítico fueron las tareas asignadas a la universidad, para ponerlas al servicio del grupo que emergía dominante en Europa y se adjudicaba el dominio del mundo, como clase alta, o sea, que vive del esfuerzo de los demás.

Crisis de hegemonía. En la transición de siglos (XIV a XVI) se generó un modo de producción en el que unos no trabajan ni promueven beneficios para la población y, en cambio, se apropian de las ganancias que los demás producen mediante su trabajo.

Esa apropiación (enajenación o explotación) se da aún, ya que los inventos científicos y tecnológicos hoy están pensados para hacer las guerras más destructivas y fulminantes y para que la producción sea más veloz y no necesite la mano de obra. La universidad (que se gestó para el servicio de las clases dirigentes) continúa; atiende las necesidades del capitalismo al generar procesos automatizados y promover la producción industrial en serie.

Una de las exigencias que se hacen a las universidades públicas hoy, aunque sólo sea para “cubrir las apariencias” es que, por razones de responsabilidad social (así se dice), deben abrir sus espacios educativos para dar cabida a clases populares. Eso permite mostrarlas a favor de la población mayoritaria. Pero la universidad no se ha vuelto popular, no da más atención a las clases pobres, ni orienta sus programas educativos a atenderlas: el World Economic Forum (de la OCDE) señala que, en México, más de la mitad de la población adulta se queda en secundaria; es decir, que nunca llega a la universidad.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), los precios internacionales se han ido incrementando en lo que va del siglo XXI. La crisis económica internacional ha prolongado la tendencia ascendente de la pobreza y de la pobreza extrema, medida por la línea de bienestar económico (canasta básica más servicios básicos de salud y educación) y la línea de bienestar mínimo (costo de canasta básica).

Si bien la pobreza es un fenómeno complejo, la situación de pobreza se refiere a la que viven quienes, al menos, tienen una carencia social y un ingreso menor a la línea de bienestar económico: las áreas urbanas en 2 mil 542.13 mensuales y las áreas rurales en mil 614.65. La población en situación de pobreza extrema tiene un ingreso inferior a la línea de bienestar mínima y tres o más carencias sociales; en las áreas urbanas se establece en mil 242.61 mensuales, y en las áreas rurales en 868.25.

La crisis de HEGEMONÍA de la universidad es resultado de sus contradicciones, por tener que responder con conocimientos instrumentales a patrones culturales actuales. No es, ya, salvaguarda de la alta cultura.

Crisis de legitimidad. Por tanto, la universidad no puede determinar saberes que se deben fomentar. Sus funciones son dictadas por la alta productividad mundial y las autoridades administrativas.

Crisis institucional. La universidad queda obligada a transformar su organización administrativa, en atención a criterios “nuevos”, tiene que ceder a presiones empresariales y resolver sus crisis por vía negativa, desproveyendo a la universidad de sus atribuciones, en lugar de enriquecerlas y “actualizarlas”: la crisis de hegemonía se “resuelve” haciendo que la universidad pierda su carácter de guía intelectual; la de legitimidad mediante la segmentación del sistema universitario (programas de formación específica) y la desvalorización de los títulos universitarios (ya no basta con licenciatura; se exigen nuevos niveles –maestrías, doctorados, especializaciones, postdoctorados–, se fomenta la especialización y se devalúa la formación universitaria).

Desde el siglo XIX, la autonomía universitaria (científica, tecnológica o pedagógica) se fue subordinando económicamente al Estado. Pero no se dudaba de esa autonomía, ya que se asumía a la educación universitaria como un bien público inequívoco. El Estado dejó progresivamente de considerar a la educación un bien público; perdió prioridad y, por tanto, ya no vio la responsabilidad política de mantenerla.

La universidad fue abandonada progresivamente, por diversas razones, según cada Estado (aunque se justifique de forma diferente en cada entidad: el resultado es el mismo), si bien se buscó justificar la decisión de retirar el financiamiento y la responsabilidad del Estado respecto de la educación.

Es lo mismo que sucede con la educación básica.

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