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Frente a las nuevas condiciones, ¿cuál es el sentido de educar hoy?

Mi madre solía disfrutar de una anécdota sobre el tío Fructuoso, campesino de Zacatecas, a quien encontró una vez leyendo, por largas horas, un grueso libro. Se acercó curiosa y con gran asombro descubrió que se trataba de un diccionario. No es que estuviera buscando el significado de una palabra específica. Él se había convencido de que “mientras más nuevas y raras palabras aprendiera, se volvería más culto y sabio”.

Quizá tenía algo de razón, pues las nuevas palabras son como ventanas que permiten develar aspectos de la realidad, que permanecían ocultos antes de conocerlas; sólo que el método que el tío había elegido resultaba poco efectivo. ¿Quién podría comprender cualquier cosa con sólo deletrear palabras sueltas?

En otro lugar del mundo, por aquellas fechas, Paulo Freire planteaba que “la lectura del mundo precede a la lectura de las palabras” y que las dos tareas fundamentales de la educación consisten en eso: en aprender a leer (comprender) el mundo y en aprender a pronunciar la propia palabra, para incidir en su transformación. La educación es, pues, comunicación de los hombres entre sí y con el mundo.

Esto es fundamental no sólo para garantizar una auténtica democracia, sino para garantizar la supervivencia humana en un mundo como el nuestro que se ha vuelto altamente depredador, tanto de la Naturaleza, como de las personas.

Sin embargo, en muchos sentidos, las acciones educativas oficiales (que siguen la lógica neoliberal) parecen pasar esto por alto y orillan a los niños y a sus profesores a ocuparse, como el tío Fructuoso, en tareas sueltas, vacías de sentido, que sólo tienen como función, adiestrarlos para pasar exámenes que se diseñan y se les imponen desde un aparato externo y anónimo, al que todos se ven obligados a subordinarse, sin comprender por qué.

Pareciera que es más relevante aprender a usar las nuevas máquinas y responder las pruebas de opción múltiple, para pasar al grado siguiente, que aprender a hacer buenas preguntas, o a cuidar su propio cuerpo, a ser amables, compasivos, solidarios y a convivir en paz o, cuando menos, a poner la basura en su lugar.

Una amiga que trabaja en educación básica comentaba inquieta que sus alumnos no sabían responder a preguntas “tan simples”, como ¿qué es la libertad o la dignidad o la paz? (¿acaso nosotros los adultos podemos definirlos adecuadamente?, y aunque pudiéramos, ¿basta definirlos para vivirlos?).

Mientras esto sucede en la escuela, fuera de ella se dan fenómenos nuevos, para los que no estamos preparados y nos arrastran. Fenómenos que se expresan con palabras raras, cuyo significado vale la pena desentrañar: ‘infodemia’, ‘infocracia’ y ‘emocracia’.

La infodemia es un término relativamente reciente que se refiere al exceso de información que circula en torno a un tema determinado. El problema con el exceso es que provoca un efecto contrario al esperado: en lugar de que se oriente quien recibe la información, se confunde, en especial cuando buena parte de esa información es falsa.

La infodemia genera ‘infocracia’. Éste último es un término que Byung-Chul-Han (filósofo coreano-alemán, muy reconocido en nuestros tiempos) analiza ampliamente en su libro del mismo nombre (Ed. Taurus), señalando que con el ‘régimen de la información’, la verdad entra en crisis, pues la información se consume rápidamente y no hay tiempo para la discusión argumentada, ni para validar fácticamente la información recibida.

A diferencia de otros tiempos en los que los sujetos se sabían sometidos por un Estado represor, los sujetos de la era de la información, se creen ‘libres’, ‘auténticos’, ‘creativos’, cuando en realidad están sometidos por los algoritmos del Big data.

Estos sujetos no están dispuestos a escuchar al otro, ni a aprender del otro y menos a discutir con el otro, porque “cada quien tiene derecho a expresar lo que siente” y “si mi expresión te ofende, es tu problema”.

La infocracia se relaciona íntimamente con la ‘emocracia’: Ya no rige la razón, sino sólo la emoción y a través del ‘smart-phone’, cada quien se vuelve a la vez: víctima y victimario.

Dice Han: «En la prisión digital como zona de bienestar inteligente, no hay resistencia al régimen imperante. El like excluye toda revolución».

Frente a estas condiciones, ¿cambia el sentido de educar hoy?

Carmen Vicencio

Miembro del Movimiento por una educación popular alternativa (MEPA) maric.vicencio@gmail.com

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