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No habrá final feliz

Luego, quedó inmóvil. Un hombre se acercó y pateó su cara dos veces. Se subieron a los coches y se fueron. Sobre el cadáver de Héctor Belascoarán Shayne, siguió lloviendo. – PIT II

La Ciudad de México se despertó el 20 de mayo de 2025 con un evento que sacudió las fibras más sensibles de su imaginario de seguridad institucional. A las 7:30 horas, en plena Calzada de Tlalpan, una de las arterias más transitadas de la capital, Ximena Guzmán y José Muñoz, fueron asesinados con una violencia meticulosamente ejecutada. Ambos funcionarios, vinculados al primer círculo del poder local, se convirtieron en víctimas de un atentado que, por su precisión y simbolismo, se inscribe dentro de una lógica de comunicación violenta propia del crimen organizado.

El ataque, perpetrado con frialdad bien ensayada, mediante motocicleta, silenciador y fuga cronometrada, recuerda una puesta en escena donde las balas operan como discurso. La simultaneidad con la conferencia matutina de la presidenta acentuó su efecto performativo. Bourdieu hablaría de la «fuerza simbólica del gesto violento» y su mensaje de dominación (Naturalizar el poder del crimen organizado, imponer miedo como herramienta de control y reafirmar jerarquías de poder), mientras en los pasillos del palacio, los ecos de la noticia erizaban las paredes.

La selección de las víctimas, ambas sin escolta, en una alcaldía que presume seguridad, revela una voluntad clara de interpelar al aparato estatal: el mensaje no es solo para Brugada, sino para quien fue jefa de Gobierno antes y para su jefe de seguridad. Los expertos repiten «CJNG» como si bastara con mencionar siglas para conjurar lo inconfesable. Pero incluso un detective más o menos avezado de la fiscalía local, sabría que cuando todos miran a un presunto culpable ideal, hay que buscar al cómplice que guarda silencio en la penumbra.

En todo esto, la tentación conspirativa encuentra aquí un terreno abonado. En tiempos de incertidumbre, la narrativa del complot no requiere pruebas, solo estilo. Su auge responde a una desafección generalizada con la versión oficial. Como ha señalado un filósofo, las sociedades cínicas consumen sospechas como antiácido colectivo. Y en este caso, la combinación de crimen, política, y televisión en vivo alimenta la idea de que la realidad está siendo montada para alguien más.

La respuesta gubernamental, con cercos virtuales, cámaras, patrullajes y promesas, tropieza con su propia retórica. La justicia «pronta y expedita» se atora, como en Tlatlaya o Ayotzinapa, con la liturgia del desgaste institucional. El resultado, hasta ahora, es una investigación sin culpables y una ciudad que mastica el miedo mientras bosteza en la rutina.

Las hipótesis se alinean en tres bloques:

(1) el crimen organizado, que ensaya nuevas coreografías en la vía pública

(2) el sabotaje político desde dentro o fuera del partido gobernante

(3) el ajuste de cuentas con disfraz criminal para encubrir pactos rotos o lealtades quebradas. Como diría el sabueso literario: «en el fondo, todos están actuando para alguien, pero ninguno sabe quién dirige la obra».

Tlalpan, como escenario, condensa la estética del desconcierto: ruido constante, anonimato vehicular, muerte sin nombre. La ausencia de altares o memoria espontánea no indica olvido, sino resignación. La ciudad, como personaje de novela negra, no llora a sus caídos; los barre al amanecer.

En conclusión, el doble homicidio no es solo un crimen: es una escena discursiva en la gramática de la intimidación contemporánea. En la lógica de Foucault, el poder no se enuncia, se ejerce. Y aquí, se ejerció con eficiencia. La pregunta no es ya quién disparó, sino quién obtuvo el silencio. Porque en esta ciudad, como en las buenas novelas del desencanto, la verdad llega tarde, con gabardina raída y una botella vacía en la mano.

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