ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

Me descubrí

Desde hace varios días vi a mi Paloma, primero, muy inquieta; después, entusiasmada.

Mi hija y sus compañeros de grupo están por terminar la carrera. El viernes pasado, fue a su escuela el rector mismo. Él le había pedido a la directora que convocara a los estudiantes del último semestre. A mi Paloma le extrañó que, personalmente, el rector se ocupara de un tema que -a juicio de ella- era sólo administrativo. Al regreso de la plática, me sorprendió más a mí el gusto de mi hija al enterarse de lo que es en verdad el servicio social.

Mientras comíamos, el propio viernes, ella no paraba de contarnos que, sin protocolos, el rector les dijo a los estudiantes: “Ustedes están ya a punto de salir. Pero es necesario que se den cuenta de que, quienes entraron a la universidad (o sea, ustedes) son privilegiados, pues han superado muchos filtros; son parte de esa minoría que pudo concluir la primaria (en seis años, al menos); y también son parte de esos otros que, después, hicieron la secundaria (otros tres años); más tarde, también la prepa (tres años más); finalmente, han estudiado la profesional (otros cuatro años, al menos). O sea, en la educación llevan ya 16 años, y están a punto de obtener su título profesional. ¿Cuántos más en México lo logran? En realidad, muy pocos”.

Fue cuando el rector hizo la pregunta clave: “¿cómo se ha mantenido un servicio educativo tan largo, para niños y jóvenes sin dinero que, como millones en el país, puedan hacer una carrera?”. Después de una pausa para tomar aire, el rector continuó: “Si la población paga con sus impuestos los servicios públicos (de educación, de salud, de atención social, de transporte público, de limpia, de seguridad), ¿por qué no llegan esos beneficios a todos?”.

El rector hizo historia: “el servicio social ya existía en México (aunque con otros nombres) desde antes de la conquista. La población no vivía marginada, sino en comunidades. Con ellas compartía -en labores de servicio social- trabajo común y relaciones de solidaridad”.

Fue cuando Bernal, el maestro del curso “Historia social”, pidió la palabra. Hizo notar que, durante la colonia, se destacaron en México Fray Bartolomé de las Casas y Vasco de Quiroga. Ellos fundaron instituciones en beneficio de la población aborigen, como el hospital de Santa Fe, las escuelas de Santa Cruz de Tlatelolco y la de San Pedro y San Pablo. Para Vasco de Quiroga, el colegio y los hospitales configuraban la institución, con que buscaban, igualmente, una distribución equitativa de los servicios públicos.

El rector retomó la palabra: “Lo que señala el maestro Bernal es correcto. Al promover la Reforma Integral de la Educación y recuperar a la Universidad Nacional de México, Don Justo Sierra quería que la educación y la ciencia fuesen recursos reales del desarrollo del país; por eso estableció el servicio social como paso final de la educación superior. Hoy se acepta que muchos hagan su educación para vivir bien y con comodidad, pero rechazamos en la universidad que una carrera sea vista sólo desde el beneficio individual. Así, exigimos el servicio social en la formación profesional, para garantizar que se cumpla lo que nos enseñaba José Vasconcelos: que la técnica y el arte deben servir al pueblo. Él quería profesionistas que no fuesen individualistas, egocéntricos ni simuladores. Por el contrario, buscaba al profesional capaz y solidario. El servicio social, así como se entiende hoy, inició con el primer convenio entre la UNAM y el departamento de salud pública (en 1936), para atender el medio rural. Nadie obtendría el título de médico si no atendía, primero, a comunidades que no tienen servicios de salud. En los siguientes años, otras instituciones de educación superior incorporaron en su formación profesional programas de servicio social para las comunidades rurales y urbanas. De esa manera se articuló el desarrollo educativo y científico con el beneficio social”.

Casi a punto de llanto, mi Paloma terminó su sopa al tiempo que concluía su relato. Había pensado que estudiar una carrera era un privilegio que pocos tenían en México; pero, con la visita del rector, encontró que también podía servir a la sociedad con sus conocimientos y su servicio social y, con eso, se descubrió a sí misma.

Al terminar, mi hija se fue a dormir un rato. El día había estado muy intenso.

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