ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

No se vaya a aburrir

Huimilpan, Qro.

Hoy hay poca gente que pueda decir: ‘Nací aquí, en el barrio’. Soy una de ellas. Es que, de unos años para acá, llegan muchos de fuera buscando casa o chamba, se instalan aquí, y nosotros nos vamos convirtiendo en “especie en peligro de extinción”.

Cuando están recién llegados, esos forasteros me emocionan: hablan diferente a nosotros, ¡y hasta me da risa que no entienden cosas que decimos! Eso pasó el otro día con las “gorditas”; al principio no me entendían cuando decía que ‘las gorditas de aquí son bien ricas’; se imaginaban no sé qué.

Y, aunque tiene relación con el tema del que te quería hablar, ya me fui por otro lado. Mi intención era decir que ha llegado tanta gente de otras partes -o hasta de otros países- que muchas veces yo me siento extraña (¡en mi propia tierra!). De ahí que me pregunto cómo está viviendo, en realidad, esa gente, sin casa, sin trabajo y lejos de su pueblo. A veces he ido aquí cerquita, por ejemplo, a Real de Catorce, en San Luis Potosí, y he tenido que andar preguntando todo, porque me siento como perdida. ¿Cómo me movería en otro país o, peor, donde ni siquiera me pudiera dar a entender en mi propio idioma? Me moriría…

Por cierto, hace tiempo llegó una güera al barrio, cerca de mi casa. Al conocerla, enseguida le pregunté su nombre: Miriam. Me contó que viene de Menorca, una isla de España, en el mar (no sé dónde) y que su lengua natal es el español, y hablan igual que nosotros. Cuenta que, a su isla, llegó a vivir un mexicano, cerquita de su casa. Se conocieron, se enamoraron y decidieron vivir juntos. Fue cuando lo llamaron de una compañía acá, en Querétaro, donde había dejado sus datos, y se tuvo que regresar. Ella decidió venirse con él. Ya por acá, él murió quesque por una enfermedad extraña. Miriam ya no pudo regresar a su país y se quedó en México.

Por su cumpleaños, hace días l’hice a m’hija Nati un guiso de huitlacoche con harto epazote; lo serví con poblano, cebolla y crema de vaca; puse en la mesa tortillas azules, de las que le gustan, y una salsa de serrano molcajeteado, con agua de tamarindo. Se moría de ganas por una comida así.

‘Tons se me ocurrió invitar a Miriam. Ella aceptó. Cuando le conté lo que iba a servir para festejar a m’hija, ella me dijo: “nomás ti’alvierto que el médico me prohibió, di’unos días p’acá, comer huevo”. Tons’ le dije: “Pero no va a haber huevo en la comida”; ella arrugó la frente, y, como viendo pa’otro lado, me preguntó: ¿“De qui’otra cosa será, pues, la tortilla que vas a servir”? Sin dudarlo, le dije: “… pos de la común y corriente, pero ora será de máiz azul, que se da sólo en ciertas zonas de Querétaro”.

La Miriam y yo nos enredamos en no sé qué discusión. Quedó claro que, cuando decíamos ciertas palabras, nos referíamos a cosas diferentes. Por tanto, aprendí que la tortilla d’ellos no tiene nada que ver con la nuestra, y pienso que la güera ha aprendido que “al país que fueres, haz lo que vieres…”.

D’entons pa’cá, la Miriam y yo nos hemos hecho muy amigas; nos invitamos a comer o, al menos, a hablar de nuestras cosas. Por eso, he aprendido mucho de su tierra, y ella de la nuestra. O eso creo. Lo que más mi’asombra, sin ver nuestras diferencias, es que nos entendamos. ¿O no es así? A lo mejor, cuando ella dice algo yo pienso qu’estoy di’acuerdo, pero que cada una tiene en la cabeza algo diferente. A veces se me figura que cada quien vive otra realidá (o, como por ái dicen: que cada cabeza es un mundo) y, porque hablamos un mismo idioma -o eso pensamos-, cremos que ‘tamos diciendo lo mesmo; pero que la verdá es que somos de mundos diferentes: ¿cuándo usté dice ‘azul’ se refiere a lo que yo? ¿o cada una dice algo diferente a los demás?; ¿tenemos el mesmo pienso?”.

¡Uy! Cuando me hago preguntas de este tipo, me parece que desvarío. A veces le pregunto a mi marido si cree que me estoy volviendo loca. Me dan ganas de hacer lo que algunas de mis amigas: van con un psicólogo; pero me da miedo la idea de la locura, y no me gusta qu’estemos tan confundidos con las cosas de la actualidá. Mis hijos no ven lo que yo veía a la edad que hoy tienen, ni contradecíamos a nuestros papás. En cambio, ellos hasta parece que les pagan para que digan lo contrario a lo que opinamos los viejos.

De esas cosas hablamos Miriam y yo. A veces parece que opinamos lo mesmo; pero, otras veces, bien s’echa de ver que somos de mundos diferentes, y si yo digo que las cosas son así, parecería que a ella le pagan pa’decir lo contrario.

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