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Olimpiadas y poder político

Alonso Moyers

No es novedad: la delegación mexicana hizo un papel más bien mediocre en los Juegos Olímpicos de Verano. Ahora estamos en la etapa de repartir culpas; por todos lados, surgen fórmulas (la mayoría de ellas de una simpleza abrumadora) para resolver el problema. Sin embargo, a juzgar por los comentarios, no pareciera haber una idea clara de cuál es exactamente el problema.

El periodista David Faitelson, haciendo eco de un discurso mediático que se repite en cualquier lugar como verdad evidente, puso el acento en la política. No hace falta repetir sus palabras porque es la misma idea (por llamarla de alguna forma) que se repite para cualquier cosa. Y tiene la virtud de no necesitar mayor elaboración, por lo que la puede decir quien sea: el problema es la política, esa cosa que convierte en basura todo lo que toca. Y mientras haya política, no habrá medallas. La solución -como para todo- es privatizar.     

Cuesta trabajo pensar que los intereses privados (porque son eso) no sean políticos. Independientemente, también cuesta trabajo pensar que las disputas olímpicas no sean políticas; incluso si nos centramos en las proezas atléticas. No es casual que el primero y segundo lugar en el cuadro de medallas se haya disputado entre China y Estados Unidos, y hace no muchos años, entre los propios Estados Unidos y Rusia, en su momento, la URSS. Las potencias tienen muchas formas de construirse y reafirmarse simbólicamente.

Tampoco es nuevo. Las olimpiadas modernas son, desde hace mucho, campo de disputa política. Se pueden rememorar los juegos olímpicos de 1936 y la maquinaria de propaganda Nazi, o el boicot a las olimpiadas de 1980. Y al ser así, lo que resulta es una cantidad gigantesca de recursos públicos que se invierten en el evento: para la formación de atletas, la “transformación” del país (también sirven para eso, como en México 68) sede, etc. Por eso es un despropósito, aunque sin duda una inocentada, pensar que, para México, lo conveniente sería privatizar el deporte.

Sin duda algo del problema está en la forma en como se ha conducido políticamente el deporte nacional. Es difícil pensar en políticas públicas reales para el fomento del deporte; los recursos que se asignan a los atletas son en la mayoría de los casos, lamentables; por eso las historias de éxito son contadísimas, y casi siempre son más logros individuales; hazañas, prácticamente.

Podría pensarse que la preocupación por desarrollar políticas públicas de fomento al deporte es secundaria, dadas las carencias en otras áreas, donde tampoco hay ni ha habido mucho interés en desarrollar, valga el apunte. Habrá quienes afirmen que la formación de atletas de alto rendimiento redundará en menores índices de criminalidad; desde luego no es así. Sin embargo, el deporte es parte fundamental de nuestra cultura, y cristaliza también el proceso de la civilización, como lo notara Norbert Elías. El surgimiento de nuevas disciplinas, con sus reglas, sus profesionales, así como el perfeccionamiento técnico de los atletas, sirven para explicar la complejidad de nuestras sociedades. Por su parte, nuestra falta de logros deportivos también refleja bien nuestras carencias y sí, las de nuestra clase política. Hasta ahora, lo único que hay es una voluntad caprichosa por apoyar al beisbol. Nada más.

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